Lo que hay que oir

De bóbili, bóbili

17.10.2016 | 00:13

Pues sí, la palabritis se contagia que se las pela. Esa inflamación verbal que provoca disparates cuando el hablante trata con su verbosidad de aparentar la cultura de la que carece se pega más que el chicle usado. Basta que quien la padezca muestre un síntoma para que los bichitos orales ataquen a su entorno, infecten al resto y a todos nos manden al hospital del mal decir y acaso del maldecir. En estos días, he notado un aumento del palabritismo gracias a la irrupción arrasadora de una s al final de palabras en singular, tan innecesaria como irrisoria, tan mema como aparente. Se la oí decir (y la prensa la reprodujo en titulares) a un afamado no sé qué de no sé cuántos: «A mí también me ha caído algún que otro rapapolvos». Al día siguiente, el morbo palabrítico se había convertido ya en epidémico: «Mi partido me ha condenado al ostracismos», sostenía cierto tránsfuga. A ver: un rapapolvo es una reprensión áspera. Unas cuantas reprensiones ásperas serían unos cuantos rapapolvos. Pero rapapolvos no existe en singular. El ostracismo es el apartamiento de cualquier responsabilidad o función política y social. Y a unas cuantas personas se las puede sumir en el ostracismo, malamente en los ostracismos y de ninguna manera en el ostracismos.
Bueno, es lo que va habiendo y quizá la RAE, tan cagaprisas hogaño como lenta tortuga antaño, acabe por registrar tales bobadas como correctas aunque coloquiales. Así que va un servidor a proponer unas cuantas eses finales para que la fiesta del neologismo palabrista continúe o continúes.

«El cristianismos y el comunismos han llegado a tener puntos en común»: ¿a que suena como con falso empaque, como engolamiento afectado, como palabritis aguda? «El patriotismos es el último refugio de los canallas»: ¿a que suena a cosa grandiosa ese ese si no fuera cursilada tan grande? Metamos ese final a cada paso, pues: «Me gusta más el erotismos que la pornografías». O bien: «El budismos te quita el egoísmos». O mejor: «Habrá que hacerle un exorcismos para librarle de su sonambulismos». Seguimos subiendo: «El franquismos se opuso siempre al masonerismos». Y más arriba aún: «El revanchismos es enemigo frontal del pacifismos». ¿A que mola? Pues fíjense ustedes si extendemos tanto sinsentido a los nombres propios y decimos que Fulanita (o Fulanitas) padece el síndrome de Diógene o los síndromes de Diógene. Así, descubriríamos el talón de Aquile o los talones de Aquile de cualquiera. Pendería sobre nosotros la espada de Damocle o las espadas de Damocle. Padeceríamos complejo de Edipos o complejos de Edipo. Sostendríamos que debemos ser como Fuenteovejunas, todos a una o a unas. Nos regocijaríamos al grito de «¡Esto es Jaujas!». Caeríamos en los brazos de Morfeos. Nos lamentaríamos de que siguiesen persiguiéndosnos... para más inris. Aconsejaríamos que cada cual se ocupase de lo suyo: «Zapateros, a tu zapato». Seríamos como el capitán Arañas, que dirigió el embarque (o el embarques) y se quedó en el muelle (o en el muelles). No frecuentaríamos a quien fuese tonto de capirotes y manifestaríamos nuestro hartazgo frente a la necedad porfiante ajena con un sentido: «Que si quieres arroz, Catalinas».

Escucharíamos al atardecer el canto del cisnes y asustaríamos a los niños con la amenaza de que viene el Cocos. Sería antes de que todos nos rompiésemos la crismas ante espectáculo tan dantescos.

Sí que nos íbamos a divertir sabiendo que aquella le ha puesto el cuerno a su marido (o a su maridos), con lo bien que le quedaría. O que el vacilón de más allá acaba de hacer un brindi al sol. De ese modo, nos iríamos dejando consumir por la palabritis más feroz e iríamos llegando de balde, gratuitamente, sin trabajo a un hablar desdichado y con la gracia del afectado, con gracia ninguna. O sea: descubriríamos el busili de bóbili, bóbili.

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