Las siete esquinas

Pánfilos

17.10.2016 | 00:13

Quién fue realmente culpable de la agresión a la niña en el colegio Anselm Turmeda de Palma? De momento hay varios sospechosos: la directora del colegio, la tutora, el profesor o profesora que vigilaba el recreo, y quizá algún otro profesor del centro, sin que podamos descartar a los conserjes ni a los encargados de la cafetería, ni tampoco a los transeúntes que pasaban por la calle en el momento de la agresión. Por supuesto, de los alumnos que agredieron y patearon a la niña no se acuerda nadie. Ni siquiera sabemos sus nombres, porque hay una legislación ultragarantista que les concede todos los derechos y no les exige ni una sola responsabilidad. Tampoco a sus padres, ni a sus tutores, ni a sus familiares, a los que nadie se atreve a reclamar una responsabilidad subsidiaria por la violenta conducta de sus hijos, una conducta, no lo olvidemos, que mandó a una niña al hospital a base de golpes y patadas. No, nada de eso. Toda la culpa es de los profesores y responsables del colegio.

Todo esto es asombroso. Que sepamos, ni siquiera se ha expulsado del centro a los alumnos implicados en la agresión, pero ya hay 2.500 personas que piden la dimisión de la directora en las redes sociales. Y por si fuera poco, la policía ha interrogado a la tutora y a otra profesora «para establecer si hubo negligencia». Negligencia es una palabra muy peligrosa en nuestro tiempo. Enseguida la asociamos con el cirujano que se dejó el móvil en la tripa del paciente o con el camionero que conduce a 120 por hora mientras participa en un animado chat en Whatsapp. Y hoy por hoy, la mera sospecha ya se equipara con la culpabilidad: si te interrogan, si te investigan, es que algo habrás hecho, piensa la gente.

Es decir, que toda la responsabilidad de una agresión salvaje se está desplazando hacia quienes no tenían otra misión que vigilar el recreo o dar clases a los niños. Y esas personas –los profesores– son las que sufren ahora la angustia y las humillaciones más sangrantes, porque todas las sospechas recaen sobre ellas: no estaban en el patio cuando debían, o no supieron detectar lo que ocurría a tiempo, o no elaboraron uno de esos interminables protocolos de prevención que podrían haber evitado la paliza (nuestros burócratas educativos profesan la variante moderna del pensamiento mágico: cinco kilos de papelotes pueden obrar el milagro de impedir que un niño hiperviolento ataque a otro en el recreo). El caso es que todas las miradas se fijan ahora en los profesores y en la directora, cuando todos sabemos que se ha privado a los profesores de toda autoridad y de todo poder, siquiera sea el de reprender levemente a un alumno. Pero ahí está la policía, vigilando el colegio e interrogando a los docentes, mientras los verdaderos agresores podrían estar alardeando de la paliza que le dieron a la niña en sus cuentas de Facebook sin que esa conducta vergonzosa pudiera acarrearles ni la más mínima molestia. La ley del Menor protege hasta tal punto a los menores de 14 años que es imposible acusarles de nada, hayan hecho lo que hayan hecho, pobrecitos.

Mucha gente cree que las conquistas de nuestro Estado del bienestar –y la enseñanza pública es una de las más importantes– sólo están en peligro por culpa de los recortes del capitalismo caníbal. Pero lo que casi nadie ve es que la extensión de la irresponsabilidad en el uso (o más bien en el mal uso) de esos mismos servicios también está poniendo en peligro los logros que disfrutamos. ¿Quién va a querer ser docente si sabe que un día le van a culpar de una paliza que sólo es responsabilidad de quien la ha dado? ¿Y quién querrá ser profesor cuando sabe que está indefenso ante burlas y humillaciones de toda clase y los verdaderos culpables se van de rositas? Pero nuestra legislación educativa profesa un extraño panfilismo: los menores son intrínsecamente buenos y por tanto no se les puede acusar de nada. Como si un menor no pudiera ser cruel y violento. O como si un menor no pudiera ser un monstruo consentido y un pequeño dictador que se cree con derecho a todo.

Si alguien se pregunta por qué el buenismo relativista va cayendo en picado (ahí están los pésimos resultados electorales del PSOE), quizá debería recordar quién cometió la agresión en el colegio y quién está siendo acusado de ella. Todo al revés. Y todo equivocado.

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