Tierra de nadie

Un minuto de silencio

18.10.2016 | 00:44

¿Qué hacer? ¿Pierdo la mañana siguiendo en directo los testimonios de los inculpados del caso Gürtel, o espero a los resúmenes de radios y periódicos? Prendo la radio (qué hermosa expresión, la de «prender la radio»). Prendo la radio, pues, y comienzo a escuchar la intervención de Correa, don Vito para sus subalternos. Le piden 125 años de cárcel, un siglo y cuarto, pero él está tranquilo, recién lavado y planchado según compruebo por las fotografías.

Imagino cómo estaría yo frente a esa perspectiva. Pongamos que dejaran los 125 en 75, en 50, da lo mismo, en 30, incluso en 10 o 12. Después de imaginármelo, he de reconocer que tengo poco carácter, poco temple. Quizá por eso salí como salí, es decir, como una persona de orden. Correa, que va de Armani, supongo, dice que es un empresario. Afirma que regaló un coche a Sepúlveda, y luego otro, además de hacerse cargo de los viajes de la familia a través de su agencia y de pagar los cumpleaños o primeras comuniones de los niños, que sin saberlo, pobres, comulgaban con el pecado mortal de sus papás.

Correa dice que todo eso es corriente en el universo empresarial. Pasa por encima de ello como si careciera de importancia. Habla como un catedrático, nada que ver con la chulería a que nos tenía acostumbrados. Luego empieza a meter paja y me pierdo, desconecto, aunque el soniquete de su declaración tampoco me permite concentrarme en otra cosa. Sin atreverme a apagar la radio, por si saltara la liebre, doy vueltas por la prensa digital, donde leo que Alemania pretende prohibir el motor de explosión, del que mi padre, recuerdo, estaba enamorado. En internet abundan las infografías animadas en las que se explica su funcionamiento.

El motor del Jaguar de Sepúlveda tenía, tiene, un motor de explosión. Si Ana Mato no fue capaz de verlo, debería haberlo escuchado. Suena como la seda, como el rumor lejano de las olas del mar. No es raro que Sepúlveda se encariñara con ese automóvil. La desaparición del motor de explosión, que funciona como el corazón humano, marcará una época, aquella a la que pertenecimos mi padre y yo. Apago la radio y guardo un minuto de silencio.

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