En solo 725 palabras

Empezar..., y terminar

19.10.2016 | 05:00

Nunca lo he contado, pero ocurre cada martes, cuando mañaneo para decantar estas setecientas veinticinco palabras sobre mi folio virtual, sin salpicar demasiado. Y ocurre que aunque mi folio siempre es el mismo, el mosto y la decantación cada vez son distintos. Ni el jugo de palabras ni la forma de escanciarlas son nunca iguales, pero, eso sí, mi folio, que se pretende eterno, me arroja el guante cada martes. A veces, chulesco, insolente, provocador..., hace que sus ledes, al unísono, me increpen «ríndete, inútil, hoy ni lo intentes...». Otras veces su reto es animoso: «vamos, adelante, sigue...». Ciclotimia en estado puro...

Hoy, que yo me he levantado feble, mi folio se ha levantado altanero y engreído. Ha aparecido en pantalla y todos sus ledes a la vez, a capela, me han descerrajado «hoy mejor suicídate, no te atrevas con nosotros, imbécil...». Mientras yo pedía auxilio a los musagetas, mi folio no ha cesado de retarme: «ríndete estúpido; saltar por el balcón es más inteligente que enfrentarte a mí hoy...». La verdad, cuando mi folio está de mal humor se convierte en la hipóstasis de la crueldad y el desaliento. Después, cuando por decantación lo visto de palabras, se calma y asume su realidad. Pero entre tanto, uf...

Los musagetas hoy han tardado en mandarme a las musas. Ha sido justo al límite de mi tiempo que Blaise Pascal ha comparecido, menos mal. La visita de don Blas, el más polímata de cuantos auverneses vivos y muertos conozco, me ha salvado. Ha llegado, me ha guiñado y, solemnemente, me ha musitado al oído «lo último que uno sabe, es por dónde empezar», y se ha marchado. Corta la visita, pero enjundiosa: además del título, me ha dado el pie de obra para el ejercicio juntaletras en el que me hallo. Es encomiable cómo Blaise Pascal hizo añicos la linde entre ciencias y letras. Su inconmensurable polimatía levantó tanta envidia como admiración en sus coetáneos. Hasta Nietzsche, que no dejaba títere con cabeza, cuando lo atacó, lo atacó respetuosamente.

Empezar es ilusionante. Empezar, más que una simple tautología, es la primera condición de cualquier proyecto. Terminar, siempre que asumamos que adaptación y reconversión son veladas formas de muerte y renacimiento, es la última. Y así, dicho a pelo, hasta suena bien, pero entonces, ¿por qué tantos proyectos empiezan y terminan mal o mueren súbitamente? ¿Por qué proyectos que empiezan con tamborrada terminan muriendo por inanición? ¿Cómo es posible qué algunos proyectos nazcan muertos?

La historia de nuestro turismo de masas da fe de lo que apunto. Ojalá, en aquel tiempo, cuando el turismo de masas era cosa de futurólogos, el farero del destino nos hubiera alumbrado con el fanal de la gobernanza verdadera. Ay, si aquello hubiera ocurrido, hoy, más de medio siglo después, la Costa del Sol no estaría presa en la cárcel socioeconómica de un monocultivo imposible de rediseñar, al menos en los próximos quinientos años. Y si insistimos en el copia y pega, crecerán los años.

Siempre me ha asombrado que en el marbete del turismo, como actividad socioeconómica, figure la imaginación, la innovación y el modernismo, cuando, en realidad, casi cada vez, el turismo nace al calor de una riqueza natural y/o histórica en la que, a la larga, los hombres solo participamos para lesionarla. Pocos son los destinos turísticos que tuvieron en cuenta su desarrollo integral y sus consecutivos ciclos de vida de inicio a fin. Pocos. Y merecen envidia, porque ellos, aunque también iniciaron su actividad como apresurada huida de sus gazuzas, crecen sosteniblemente, sin entorpecerse, ni desvirtuarse, ni pseudoprostituirse, ni autoengañarse. Amplitud de miras bien entendida. Ese es el quid...

Y digo «bien entendida» atendiendo a algunos de los gloriosos destinos de nuestra Andalucía que últimamente arengan sobre maravillosas-y-novedosas-políticas-como-nadie-nunca-vio-antes-ni-después-del-Pentateuco (?), basadas en estrategias ubicuas ?ahora llamadas estrategias 360º?, sin percatarse de que la artrosis propia de su recorrido vital les impide giros de 360º, al menos sin asistencia mecánica. Ni para mirar, ni para ser mirados... Amplitud de miras y planes que obedezcan a desarrollos integrales. De eso debió tratarse ayer, se trata hoy y habrá de tratarse mañana y siempre.

Aunque empezar sea siempre un logro, planear inicios sin prever los sucesivos finales de ciclo sería otra vez más de lo mismo. Respecto de los proyectos, la gobernanza turística se sostiene con dos premisas:
Empezar..., y terminar.

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