Tribuna

Dylan

23.10.2016 | 00:21

No he leído la justificación de la Academia sueca del premio Nobel de Literatura concedido a Bob Dylan, pero seguro que la hay. Los académicos con mayor influencia en el mundo literario dan siempre las razones que les llevan a elevar a una persona al paraíso de las letras. Pero cabe suponer que se fijaran en Dylan a causa de su condición de símbolo de la rebeldía de las generaciones que, a partir de los años sesenta del siglo pasado, cambiaron la forma de entender la vida y lo hicieron en buena medida por medio de la música. Haz el amor y no la guerra es el eslogan que la generación hippie enfrentó a la pesadilla del Vietnam por la vía de las canciones que nos llegaban desde California.
Dylan no es californiano, es de un pueblecito de Minnesota, y ni siquiera se llama Bob Dylan, que le bautizaron con otro nombre si es que sus padres, judíos, celebraron la ceremonia. Pero se convirtió muy pronto en uno de los principales estandartes de esa manera de criticar la herencia militar y civil recibida, cantando cosas como que si quieres saber cuántas carreteras ha de patearse un hombre antes de que se le reconozca como eso, como un hombre, es en el viento donde has de buscar la respuesta.

Quienes se sorprenden de que Dylan no contestase cuando le llamaron desde Estocolmo para anunciarle la buena nueva deberían buscar también en el viento los porqués. Creer­ que quien lleva ya más de treinta años realizando su gira interminable va a detenerse para contestar al teléfono es lo mismo que no haber entendido nada de lo que Dylan nos ha legado. Porque nos lo dijo bien claro: ¿qué se siente al ser un completo desconocido, al no tener un hogar, al ser como un canto rodado? Tampoco sé, mi ignorancia es mucha, si los Rolling Stones tomaron o no su nombre de la canción de Dylan, pero podrían muy bien haberse fijado en él para tomar el testigo del inconformismo sujeto a la música.
Otro icono de la revolución estética, Sam Peckinpah, que elevó la violencia a la categoría de arte mucho antes que Tarantino, le dio a Dylan un papel en la película Pat Garrett and Billy the Kid. En ella Dylan hacía de Dylan y, en vez de cantar, escribía. Pero en la banda sonora se incluía una de las obras más excelsas del cantautor de Minnesota: Llamando a las puertas del cielo. Espero que los académicos suecos se hayan fijado en esa llamada, ¿de socorro, de angustia?, para darle el premio a él y no a Leonard Cohen, o a Joaquín Sabina, que son poetas mucho más completos que Dylan si vamos a ello. Para que te abran la puerta has de llamar golpeándola con los nudillos. O con las canciones, que vienen a ser su equivalente cuando quieres entrar en el cielo pero no para quedarte en él. Dudo mucho de que a Dylan le interese estar en el cielo de las letras y también que se preste a recoger el premio en la ceremonia pomposa que preside el rey de Suecia. Lo suyo es otra cosa, y por eso nos enamoramos de él nada más oír su primera canción.

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