El contrapunto

Mujeres del desierto

Tenía Shaimaa Khalil horas de vuelo, una buena formación intelectual y además buen temple. No llevaba ni casco ni chaleco antibalas con el PRESS bien visible, como los otros periodistas. Tan solo una ligera camisa de color verde oscuro, agitada por el viento del desierto

29.10.2016 | 05:00

Estaba el domingo pasado siguiendo en la BBC la batalla en los alrededores de Mosul contra el autodenominado Califato del Estado Islámico. Aparecían en la pantalla del televisor incendios monstruosos, explosiones, carros de combate, piezas de artillería, soldados iraquíes y kurdos, en busca de un enemigo aparentemente invisible. En medio de aquel caos, nos contaba lo que estaba pasando Shaimaa Khalil, una joven reportera egipcia de la británica BBC, antigua alumna de la universidad de Alejandría. En un inglés excelente. Sus explicaciones tenían la garantía de una profesional competente, ya curtida en misiones peligrosas. Tenía Shaimaa Khalil horas de vuelo, una buena formación intelectual y además buen temple. No llevaba ni casco ni chaleco antibalas con el PRESS bien visible, como los otros periodistas. Tan solo una ligera camisa de color verde oscuro, agitada por el viento del desierto. Supongo que como una concesión a la protección de un camuflaje simbólico.

Conozco bien y admiro a no pocos de los profesionales de la BBC. Marcan siempre la buena escuela. Hace muchos años los seguía a través de la radio. Quizás si mi inglés siempre tuvo un acento británico es gracias a ellos. Los tiempo han cambiado y ahora los sigo a través de la televisión. Sospecho que el excelente inglés de Shaimaa Khalil se debía a una educación esmerada en una escuela británica. Todavía las hay en Egipto. Shaimaa era corresponsal de la BBC en Pakistán. Por los zarpazos del terrorismo yihadista en ese país es ése un lugar tan peligroso como Irak. O quizás más, ya que oficialmente no están en guerra. Desde luego, es obvio que en los lugares más letales del planeta algunas mujeres se crecen. Como los buenos toreros en las tardes ásperas.

Como aquella otra reina del desierto. Así llamaban los árabes a Gertrude Bell, aquella intrépida dama inglesa que no temía a nada y a nadie. Su primer contacto con Oriente Medio fue en 1892, gracias a su tío, Sir Frank Lascelles, embajador británico en Persia. Era valiente y correosa, con una poderosa inteligencia al servicio de una voluntad bien afilada. Fue una de las primeras mujeres que fueron admitidas en la Universidad de Oxford, hasta entonces un mundo reservado a los hombres. Se graduó en historia con gran distinción. Aprendió árabe, persa, francés y alemán Su descubrimiento del mundo de los nómadas y los desiertos del Oriente Medio la alejó para siempre de Europa. Incluso de su pasión por el alpinismo, en el que había destacado por sus proezas en escaladas legendarias de cumbres suizas y francesas. Gertrude Bell descubrió en oriente un mundo a su medida. Lo iba explorando con su pequeña caravana de guías armados, sirvientes y camelleros. Recorrió Mesopotamia, Palestina, Siria y Arabia. En la caravana transportaban sus vajillas favoritas y una bañera plegable de lona. Nunca se alejaba de su revólver, escondido en la maleta de su ropa interior.

En la Primera Guerra Mundial, las autoridades británicas descubrieron que aquella viajera, escritora y arqueóloga podría ser muy útil para los intereses del Imperio Británico. No en vano era muy apreciada y respetada por las más indómitas tribus árabes. Gertrude Bell se incorporó a los más altos niveles de la administración colonial británica en Egipto y en Mesopotamia, el futuro Irak. Siempre fue valiente, brillante e incómoda. Descubrió y apoyó a un enigmático y joven arqueólogo, posteriormente conocido como Lawrence de Arabia. Su buen amigo, Feisal, el rey hachemita de Irak, siempre la llamaba al-Khatum, la señora.

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