Con otra cara

Una hora de regalo

30.10.2016 | 05:00

Al margen de los debates sobre lo del cambio horario, hoy nuestro domingo tiene una hora más. Una hora más para que podamos hacer con ella lo que nos dé la gana. En estas mismas circunstancias, otras veces he optado por dar media vuelta en la cama y seguir durmiendo, pero este año quiero aprovechar esta hora para hacer algo que verdaderamente disfrute al margen de las obligaciones que sigue habiendo por muy domingo que sea, por lo que arreglar el armario, emparejar los calcetines que andan sueltos por el cajón o limpiar el horno a fondo, queda descartado.

¿Qué se puede hacer con una hora de regalo? Podría acompañar a mi madre al cementerio dada la cercanía de Todos los Santos, pero muy disfrutable no me parece, y aprovechar para empaparme a fondo de lo ocurrido ayer en el Congreso aún me parece menos deseable que lo del cementerio. Utilizar esa hora para pasear, leer o ver un par de capítulos de The Big Bang Theory podría valer, pero no sería más que alargar lo que ya voy a hacer el resto del domingo. Así que no. Hace falta algo especial.

Aunque parezca mentira, en internet hay listas con propuestas sobre qué hacer con una hora: pasear al perro, escribir una carta largamente pospuesta, limpiar la pecera, correr por el parque y pintarse las uñas, entre otras. No tengo perro ni peces, odio correr, me muerdo las uñas y la gente que tengo lejos es asidua a la concreción del whatsapp y no terminarían de leer mi carta, así que esas propuestas no me valen. Quizá, si lo hubiera pensado antes, podría haber utilizado esta hora sobrante para hacer algo que no haya hecho nunca como aprender a llevar la moto, tomar una primera clase de buceo o hacer puenting. De acuerdo. No haría puenting ni aunque dispusiera de una hora extra todos los días del año, así que hablemos en serio. En vez de comprarla, podría hacer una tarta de queso o aprender a freír las torrijas como mi madre. También podría quedar con una amiga a la que veo poco por falta de tiempo, o tumbarme bajo el limonero a ver pasar las nubes. Otra posibilidad es volverlo a intentar con las acuarelas que tengo abandonadas después de que la última tentativa de pintar las nubes que veía tumbada bajo el limonero acabara en el cubo de la basura. O podría dedicar esta hora extra a bailar, ir a nadar a ver si se me quita el dolor de espalda o deambular por el mercadillo. Lo que más me apetece, sin embargo, es sentarme con los míos a charlar durante esta hora sin hacer nada más. No sé. Convencerlos de que estén una hora sin móviles ni interrupciones ni salidas me parece aún más difícil que superar la tentación de dar media vuelta en la cama y seguir durmiendo.

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