Tribuna

El ruido y la furia de las redes tienen antídoto

30.10.2016 | 20:37

El filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky no tiene pelos en la lengua ni velos en la mirada. Observa, reflexiona, define. Propone. Y suele ser certero. El hombre que puso etiqueta a la posmodernidad y la hipermodernidad, que echó en cara al consumismo su voluntad de envasar mentes al vacío y que reprochó al arte su abuso de la estetización vuelve a la carga en el libro De la ligereza con una visión implacable de los tiempos modernos, dominados por una invasión de pantallas en las que la información veraz, inteligente y contrastada se convierte en una rara avis dentro de un escenario donde impera con frecuencia la ley del grito más fuerte, del insulto encadenado, de la calumnia sin bridas, del rumor y el chismorreo al por mayor. Frente a esa situación que mina en ocasiones la solidez de los medios de comunicación tradicionales, obligados a caminar sobre el filo de la navaja para mantener sus audiencias sin perder sus esencias de rigor e independencia, Lipovetsky sostiene, como hemos podido escucharle durante su reciente presencia en España, que «el ciudadano es emisor también en los self media. Es bueno que sean más activos pero la mayor parte del tiempo dicen estupideces».

Dicho de otra forma: las redes sociales en cualquiera de sus manifestaciones, y en mayor medida incluso que los innumerables blogs, dan a todos los ciudadanos del mundo con acceso a internet la posibilidad de opinar sobre lo divino y lo humano. Y, como bien dice Lipovetsky, en esa avalancha de textos cuesta encontrar material informativo relevante que aporte algo más que ruido y furia. El escritor y periodista Juan Soto Ivars ha publicado estos días Un abuelo rojo y otro facha, una aguda reflexión sobre las dos Españas ideológicas que han encontrado en las redes sociales como Twitter «una guerra civil sin fin». La explicación es sencilla: en ese territorio inhóspito es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano, participar en incontables debates desaforados que sustituyen la tradicional barra del bar por un ring donde unos y otros se golpean dejando fuera la ecuanimidad, la mesura, el análisis argumentado, ya sea en perfiles particulares o en las cuentas de algunos medios de comunicación que prefieren tener muchas visitas gracias a las polémicas a mantener un control democrático sobre lo que se escribe en sus espacios. Hubo un tiempo en el que se puso de moda la expresión periodismo ciudadano, confundiendo churras con merinas. Sin duda, el ciudadano es una fuente de información con sus testimonios, críticas y sugerencias pero el periodismo veraz es un oficio complejo (y caro) que exige profesionales con una vocación a prueba de bomba y un compromiso irrenunciable con la responsabilidad hacia sus lectores.

Lipovetsky acusa directamente a los políticos de ser responsables en buena medida de esa situación. ¿Por qué? Porque se olvidan de la educación, quizá porque una sociedad bien educada es una sociedad que no se deja manipular. No hay más leer las noticias de estos días sobre la reválida sí, la reválida no, para comprobarlo.Internet, afirma el filósofo, no educa a nadie y hay estudios que indican que los que menos enganchados están a la pantalla del móvil mejores resultados tienen. La tecnología no es la solución a nuestros problemas sino la educación. Un reto colectivo que nos afecta a todos.

Los medios de comunicación son un reflejo de la sociedad y cuando algunos de ellos dan más importancia a las noticias estúpidas que a la información relevantes no hacen más que claudicar a las exigencias de un mercado donde vale todo con tal de lograr muchos clics. «Si la gente se interesa en la vida sexual de los famosos es porque no tiene otros centros de interés», sostiene el filósofo. Y es en la escuela donde debe empezar la cruzada para que la situación actual cambie: creando ciudadanos que sepan argumentar, con criterio propio y no impuesto, que no se dejen arrastrar por la manada, que hagan de internet un espacio donde circule libremente el respeto, la veracidad y el rigor. Una tarea titánica, sin duda, pero ¿acaso no merece la pena para enterrar de una vez y para siempre tantas hachas de guerra?

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