Tierra de nadie

Náuseas

31.10.2016 | 22:41

Un conocido mío ha logrado conectar inalámbricamente su taza de retrete a internet y ahora, cada vez que hace pis, recibe en el ordenador un análisis de su orina. Me enteré por casualidad el martes pasado. Había ido a cenar a su casa y durante la sobremesa, como habíamos bebido mucho, me dieron ganas de ir al baño. Me levanté con la confianza de siempre para dirigirme al excusado, pero me detuvo, invitándome a hacerlo en un aseo que tiene escondido en las profundidades del pasillo (es una casa antigua). Al ver mi cara de extrañeza no tuvo más remedio que confesar. Y no es que le molestara que la taza hiciera un análisis de mis fluidos, sino que el aparato los confundiría con los suyos porque es un retrete inteligente, sí, pero no tanto como para distinguir una orina de otra.

Me fui a casa con este nuevo concepto, el de retrete inteligente, dando vueltas en mi cabeza. ¿Qué era lo que me molestaba de esa idea? ¿Acaso prefería un retrete tonto?, me pregunté. El asunto me desveló y tuve que levantarme y dar unas vueltas por la casa para calmarme un poco. En un par de ocasiones, entré en el cuarto de baño y contemplé la taza de mi retrete con piedad, pero con amor también. Me gustaba que fuera tonta porque, me dije, ¿cómo iba a atreverme a hacer mis cosas sobre ella sabiendo que era inteligente? Tengo por la inteligencia un respeto que me limita mucho.

A los pocos días, comiendo en casa de otro amigo, me di cuenta de que utilizaba una cuchara un poco extraña, con el mango más grueso de lo normal. Ante mi extrañeza, mi amigo me confesó que se trataba de una cuchara inteligente. Estaba conectaba por Wifi, creo, o por Bluetooth, a su ordenador, de manera que cuando terminaba de comer podía ver en la pantalla el número de cucharadas que había tomado, de donde se deducía también la cantidad de calorías. Primero un retrete inteligente y ahora una cuchara lista. La asociación entre la cuchara y el retrete me produjo unas náuseas que me vi obligado a reprimir, claro, porque estábamos comiendo. Después imaginé cómo sería un diálogo entre esos dos objetos, el cubierto y el váter, tan perspicaces ambos. Renuncié al postre y al café y me fui a casa.

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