Entre el sol y la sal

El error

01.11.2016 | 23:03

El error de algunos hombres es pensar que su pareja no tiene vida, que son el epicentro de su universo, y que por poco que hagan ella estará siempre esperando en casa, comiendo de su mano, noche tras noche, como una acompañante sumisa, de lista lo justo para no alargar demasiado las discusiones y, a ser posible, con memoria a corto plazo para pasar las páginas del calendario entre olvidos y perdones. El problema es que ese machote es imbécil por naturaleza, tan torpe y obstinado que su ego le impide entender que el olvido es fingido y el perdón siempre se contabiliza como otra cicatriz indeleble en los pliegues de un alma cada vez más hastiada y marchita.

Hoy le escribo a la mujer enamorada, por ser un tesoro, una garantía de entrega en ese tiempo que transcurre entre salud y enfermedad, riqueza y pobreza, porque una mujer fatigada es una sombra de sí misma que aguantará hasta que una mañana cualquiera, sin esperarlo por tu falta de atención, susurrará un temeroso adiós sin vuelta atrás. Ya no la habrá, porque esa mujer desilusionada agotó el último intento por salvar aquello que un día brilló por encima de los desencuentros. Pequeños pero dolorosos por insistentes en el tiempo algunos; violentos, brutales y esporádicos otros.

Hay quien dispone su relación como una transacción comercial, como una soledad compartida, un mal trago por el que hay que pasar e incluso como una tradición mantenida por la inercia del qué dirán, pero todavía son más, muchos más, quienes tienen la inmensa suerte de agradecer, entender y respetar los buenos y malos momentos de una vida en común.

Ese, y no otro, es el secreto de la mujer enamorada, el dejar de lado las virtudes que la gracia de la naturaleza le donó para rebajarse a tu nivel y acompañarte en el tortuoso camino de la convivencia. Te regaló su tiempo, su belleza, su cuerpo, su inteligencia y su dedicación a cambio de un precio más que razonable, que fueras capaz de valorar la suerte que tuviste por haber sido elegido, amado. Si no fuiste capaz ni de eso, entonces no tendrás problema en entender que merezcas el abandono más absoluto, porque tú eres cuasi perfecto, y la vida no tardará en ponerte otra hembra a tiro. O eso, estúpido, es lo que tú te crees.

Esa mujer enamorada disculpó tus errores y tus defectos por una simple razón, creyó tu mentira. Se convenció de que aquel primer grito no se repetiría, se engañó a sí misma y se quedó atrapada en la telaraña al creerte digno de ella. Pensó que serías lo suficientemente fuerte, cálido y sincero como para ser su compañero, su marido, su amante, su confidente, en definitiva, su motivo para sonreír en la vejez. Una trampa perfecta de la que algunas sólo escapan con los pies por delante.

Pero hoy también le escribo al hombre acorralado entre denuncias falsas que criminalizan divorcios y querellas de separadas maquiavélicas que pergeñan falsedades o instrumentalizan a los menores en su propio interés. La lacra del maltrato no sólo perdura, sino que ha aumentado situando al hombre de verdad, al auténtico, en la incómoda obligación de justificarse por compartir género y en la injusta necesidad de zafarse de su esencia, convirtiéndose así en un producto políticamente correcto y ajeno a lo que los malabarismos lingüísticos llaman micro machismos y demás circunloquios.

Y es que, por desgracia, la propia ley ha conseguido que el hombre inocente viva con miedo a ser denunciado en casos como el de la chica condenada en Málaga la semana pasada por inventarse que siendo menor fue abusada sexualmente por cuatro compañeros de colegio; o la reciente y sórdida historia de León, una más, en la que una mujer simuló un delito y acusó falsamente a su expareja de agredirle salvajemente (me ahorraré los detalles). Por su culpa el investigado ha pasado injustamente siete días en prisión, tiempo que en esta ocasión ha sido necesario parar aclarar la verdad. Sólo un día entre rejas ya es demasiado.

Cuando una mujer se transforma en una francotiradora indiscriminada de la errónea concepción de lo que es un hombre, o aliena a sus hijos en contra de su padre, deja de ser mujer. Cuando un hombre muta en un cabrón violento, o en un acosador más o menos encubierto, deja de ser hombre. La mera existencia de una de estas humillantes situaciones, una sola, es un fracaso como iguales, porque habremos dado la espalda a lo más importante, a aquello que un día nos unió para siempre, la admiración mutua y el respeto compartido. Qué gran error.

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