10 de noviembre de 2016
Lo que hay que oír

Mariano y Aitor, refraneros al por mayor

09.11.2016 | 23:40

Y ahí estaban, carcajeándose los dos y sus correligionarios. Y yo, estupefacto. Durante el pasado debate de investidura de Mariano Rajoy, tomó la palabra Aitor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso de los Diputados, para adaptar a sus circunstancias un refrán popular: «Si bien me quieres, Juan, tus obras me lo dirán». Con gracia torera y cañí, y con salero y con arte, con donosura y donaire, con frescura y al desgaire, así habló Esteban allí: «Si bien me quieres, Mariano, da menos leña y más grano». Qué alegría y alborozo en las filas peneuvistas, que reír nacionalista, qué ingenio tiene este Aitor, un portento, sí señor. No se arredró Rajoy ante el despliegue de agudeza de su señoría vasca: a él le van a venir con refranes, ja. Así que respondió: «Si quieres grano, Aitor, te dejaré mi tractor». Aunque, por si algún tiquismiquis como yo le viera defectos a sus rimas improvisadas, añadió enseguida: «Es lo único que se me ocurre a estas horas de la tarde». Qué alegría y alborozo en las filas populares, que reíres ejemplares, qué ingenio tiene Mariano, un portento soberano. A un servidor sí se le ocurrían cosas –muy gruesas, la verdad– que decir a esas alturas de la tarde.

Qué le vamos a hacer, el Congreso se divierte, se lo pasan bien con sus chanzas, no todo van a ser insultos («gilipollas», «capullo», «sinvergüenza»), mientras los demás nos vamos arreglando como podemos. El refrán de Esteban ya aparece en el «Seniloquium, refranes que dizen los viejos», una colección de proverbios del siglo XV, cuya autoría se atribuye a Diego García de Castro. Por la misma época, Hernán Núñez mantiene la oración del comienzo («Si bien me quieres») pero concluye: «bien te quiero, no me hables en dinero», sin dirigirse a nadie en concreto. Y Vicente Espinel, en su Vida del escudero Marcos de Obregón, escribe dos siglos después: «Si bien me quieres, trátame como sueles». Así que Aitor y Mariano entroncan con la tradición popular, ole y ole, con la verdad de chigre, con el codazo cómplice de la taberna, con la risotada y la negrura. Qué le vamos a hacer si no se les ocurren otras cosas a esas alturas de la tarde como no sean esas gracietas rancias como el tocino rancio. Pero no nos rasguemos vestidura alguna, que las cosas siempre fueron así en las Cortes o en el Congreso o como se llamara el templo de la voluntad popular. Recuerden cuando hablaba el diputado Gil-Robles, allá por la II República, y a un diputado adversario le vino la gracia a la boca: «¡Ya habló el de los calzoncillos de seda!» Raudo, el diputado cedista replicó: «Vaya, qué lástima que sea tan indiscreta la mujer de su señoría». Y jolgorio al canto. Recuerden cómo durante una tarde asfixiante por calurosa de Madrid, también por aquel entonces, un diputado pidió la venia al presidente de la Cámara, Julián Besteiro, para que los señores diputados pudieran quitarse las chaquetas: «Pueden quitarse las chaquetas, pero cada uno la suya», decidió el político socialista. Y cachondeo que te crio. Volviendo a nuestros Mariano y Aitor, solo cabe decir que el nivel va bajando, que a lo peor no está el horno para bollos chistosos cuando se cuece lo que se cocía, que no se sabe muy bien qué pinta un tractor en la recolección del grano. ¿Habría sido mejor, tal vez, un «Si quieres granos ahora, te presto mi cosechadora»? Pero mientras estamos en estas, más de uno recordamos el exabrupto, ya refrán por el uso, que soltó Estanislao Figueras, presidente de la I República, antes de dar el portazo con que concluyó un consejo de ministros y su vida política, y que copio aquí mitad en castellano, mitad en la lengua catalana en que fue expelido: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: estic fins als collons de tots nosaltres!».

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