12 de noviembre de 2016

Cartas al director

11.11.2016 | 22:40

Antaño eran un lujo, por Lluís Vinuesa Serrate

Nuestros automóviles, los cuales en su momento significaron un lujo al que pocos podíamos acceder, se han convertido en una herramienta muy necesaria, permitiéndonos una eficaz y cómoda movilidad, a la que preferimos no cambiar por la del transporte público.

Toda la sociedad accedió a ello asimilando impuestos de lujo, circulación, mantenimiento, consumo, costes de parkings, seguros, ITV y ahora las críticas amenazantes de que nuestros diesel contaminan el medio ambiente, y nos obligan a mentalizarnos aunque no queramos, en disminuir el calentamiento global del planeta.

Las emisiones de los gases de efecto invernadero proceden principalmente del sector industrial y de la combustión de nuestros vehículos, pero yo quiero ceñirme a esa industria automovilística que en su riqueza , nos hace pagar cara su publicidad internacional en sus productos, divulgando ventajas, velocidad, consumo, seguridad y confort, que justifican con unos precios de mercado que compiten entre ellos, creándonos nuevas necesidades.

No quiero resignarme a sentirme engañado desde que opté por un diesel, porque en el 2.006 nos aseguraban que era casi ecológico y de consumo más barato, argumento que provocó unas compras masivas del invento alemán Diesel, con la salvedad de que hoy las compañías tienen que rectificar un fraude en sus sofwards de consumo, en especial la VW, e indemnizar a miles y miles de clientes.

Ya en el 2.016, los usuarios contaminamos el medio ambiente con emisiones de dióxido de nitrógeno, cancerígeno y muy sucio en carbonilla hacia nuestra respiración, como si en el 2.006 no se supiese, pero callaron, y ahora nos penalizan para obligarnos a comprar sus limpios híbridos o eléctricos y ecológicos, de limitadas autonomías, sin garantizar puntos de repostaje, destino de las baterías viejas con corrosiones peligrosísimas de su ácido sulfúrico y posibles explosiones, así como un precio asimilable de las nuevas de recambio.
¿Debemos volver a recelar, o podemos tener fe ciega en que no volverán a engañarnos?

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