16 de noviembre de 2016
En solo 725 palabras...

Un lunón sin ombligo

15.11.2016 | 20:16

Anteanoche no dormí sueño. Solo dormí ensoñación. Y la cosa empezó temprano. Me hallaba concentrado en un asunto profesional complejo, cuando sonó mi teléfono. Era Bel-Ami, mi perro, un pastor alemán que sin cumplir los cuatro años me dejó apresuradamente hace cinco lustros. Me llamaba desde el más allá de aquí. Su voz sonaba abemolada, afinada y, como siempre fue, levemente atiplada para un pastor alemán macho. Bel-Ami me ladró en alemán, y me complicó el momento. Se fue tan joven la criatura que no llegó a comprender que aunque me dirigiera a él en alemán yo a él lo entendía más por las octavas, los requiebros y los trémolos de su voz, y por sus gestualidad, que por su ladrido germano. Porque se marchó pronto nunca llegué a saber si su alemán era bueno, malo o regular. Aprendí a distinguir su acento por su registro escrito de pedigrí, no por sus características sonoras. Bel-Ami, por nacencia, tenía acento del sur alemán, de Minseln, concretamente. Y uno, que tiene oído de músico, desde entonces, cada vez que me cruzo con un pastor alemán de Minseln y alrededores, lo reconozco por su acento y por la cadencia de su ladrido.

Anteanoche Bel-Ami me ladró en todos los tonos posibles, hasta que se cansó. Y fue entonces que haciendo un notable esfuerzo, en perfecto castellano, me ladró:

-La luna, Juan Antonio, joder, la-lu-na...

Y recordé como él se extasiaba mirando la luna llena. E inmediatamente comprendí su mensaje: eran las siete menos diez de la tarde y yo no estaba en el balcón para recibir a la luna... La luna de mi vida, una luna la leche de grande, venía a visitarme y a mí se me había olvidado la cita...

Dejé el todo el diabólico instrumental del despacho desconectándose y, sin casi tocar el suelo, llegue al balcón –no quería ser descortés–. Y allí estaba ella, grande y llena en todos los sentidos, tímidamente arrebolada por el sol poniente. Lo de anteanoche no fue luna, sino lunón, y no inspiraba abrazos y besos, sino abrazones y besones. El lunón del lunes más que a la ciencia y a sus perigeos y apogeos apelaba a la consciencia... Y hétenos allí, el contrapunto lo ponían las ventanas y balcones cerrados a cal y canto, tan acuartelados como las escotillas y los escotillones cuando la mar arrecia. Y no pude evitarlo, detrás de los cuarteles imaginé a algunos ablandabrevas que no estaban en el balcón, pretendiendo que la luna televisada los inspiraría mejor para la diversión procreadora. ¡Ay, tú, que como Mendel no mentía, seguro que procrearon! Más ablandabrevas, claro...

Una luna televisada nunca será un lunón. Una luna televisada nunca habría llevado a Neruda a andar en las noches sin fortuna / bajo el vellón de la luna / como las almas en pena. Las lunas televisadas se deslunizan a sí mismas y pierden todo su influjo. La caja tonta nunca fue, ni será, ventana para lunas. Sépase.

Curioso: el lunón de anteanoche no tenía ombligo. Era un lunón inombligado. Por el contrario, aquí abajo, los mass media nuestros-de-cada-día-dánoslos-hoy, a diario son un hervidero de ombligos. Ombligos multiformes. Ombligos de toda clase y tamaño. Ombligos políticos, politólogos y tertulianos; militares, civiles y religiosos; payos y gitanos; nacionales y extranjeros; internos, externos y mediopensionistas... El ombligo ha pasado de ser la cicatriz de nuestro primer torrente de vida a ser la seña de identidad de la humanidad que más afeblecida y torpemente se representa a sí misma. A muchos, la autoestima, sin ombliguismo, se les aliena y se convierten en carnaza para psicólogos. Sería ridículo que algún día la primera causa de lesión cervical llegara a ser el ombliguismo, si la luna y el lunón, siguen allí, inombligados en las alturas. Pero me da que terminará ocurriendo, sin remedio...

Parafraseando a Alberti, cuántos no habrían pagado por ser ombliguitos en la noche lunada de anteanoche. Cuántos Marianos, Susanas, Carles, Pablos, Pedros, Albertos, Javieres, Donals, Marines, Victors, Nigels... no habrían entregado sus almas por ser ombligos del lunón de anteanoche. Ser el ombligo lunar durante unas vueltas en el carricoche de la elipse, para algunos es el gran objetivo. Pero, ¿saben?, mejor no meneallo... Diviértanse, sean felices ombligueando por aquí, que el influjo del ombliguismo lunático suele tener peor pronóstico para los mortales inombligados que vivimos a ras de suelo.

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