16 de noviembre de 2016
Entre el sol y la sal

Soñando soñé

15.11.2016 | 23:43

El otro día tuve un sueño extrañamente navideño para la fecha. Resulté ser barman en un gran hotel, uno de esos con lámparas de araña, tapices antiguos, maderas nobles y salones con decoración festiva y distinguida. Nada ostentoso o recargado, lo justo para celebrar sin incomodar. Y allí estaba yo, de estricto uniforme, secando una copa cóctel mientras esperaba que el pianista cambiase de repertorio a la hora del vermut.

Los primeros en acodarse en la barra con el dandismo desaliñado propio de quien tiene saber estar fueron Jose María de Loma y Teodoro León. Pidieron una cerveza helada mientras le miraban el escote a una metáfora resultona, pero ninguna de las dos acciones denotaba una sed agitada, sino más bien una medida y proporcional cortesía, como si saboreasen la carátula del próximo libro al que deshojar con otoñal cadencia. Se sonrieron disfrutones, cómplices en imaginar que esa visión merecía ser estirada evitando con ello la apócope de los burdos, pero la metáfora pidió la cuenta, porque las figuras literarias no son de dejar cosas pendientes, que diría Loma, y con las mismas se diluyó al cruzarse con Busutil en el vestíbulo.

Guillermo Busutil apareció tras sus coloridas gafas escudriñando el local, buscando al hada que guía su puño, pues bien pareciera que Busutil no escribe y se limita a dejarse llevar por una cohorte de musas que convierten la prosa poética en una envidiable perfección áurea. Y eso que, como dijo Leonard Cohen, la poesía viene de un lugar que no tiene dueño. Guillermo pidió un agua sin gas, es lo que bebe en sus incontables actos. Saludó cordialmente y sacó un Moleskine, torció la cabeza atendiendo a un susurro inspirador e invisible, y garabateó tres palabras: navidad, hotel, camarero. Tiempo después descubrí un texto suyo sobre un anciano que ofrecía pócimas literarias en una antigua posada, y quise, deseé, reconocerme en sus renglones. Me apropié de ese honor, así que siempre lo cuento a los amigos. Nadie me cree, pero tampoco me desmienten. No pueden.

Los columnistas conversaron sobre lo suyo y, entre brindis y risas, apareció Paco Umbral con la heterodoxia capitalina colgada de los labios. Se sentó en una esquina del salón. En mi sueño le vi deshacer las vueltas de su fular durante media hora, como el niño que pela una manzana sin quebrar la piel, o como el torpe estriptís de una cabaretera virgen al enredarse con su boa emplumada. Vueltas y más vueltas que adelgazaban el cuello del madrileño hasta dejarle una voz aflautada con la que pedir una copa de vino español, lo de siempre. Parecía irritado, molesto, pero al oír la conversación se enfundó nuevamente la chalina para unirse en cortés ademán al trío. Qué cojones, dijo con voz profunda esta vez, yo también tengo un libro.

El pianista del hotel derivó sus acordes al jazz de los años 30, aunque la banda sonora es una licencia, pues ni entiendo de jazz ni viví esa época, pero me parece una melodía a lo Dietrich que riega de pegajoso glamur mi ensoñación.

A lo lejos avanzaban Ángeles Caso y Maruja Torres, dueñas y señoras del texto contemporáneo y comprometido. Llegaron del brazo de Don Manuel Alcántara, porque así hacen sus entradas las damas de las letras, acompañadas sólo de maestros que reconocen en tan intenso paseo su buen hacer y exquisito uso de la sintaxis. Vodka con hielo, dijo Don Manuel. Que sean tres, ordenaron ambas. Un poco más tarde adiviné a Pérez-Reverte, aunque lo cierto es que el inconfundible olor a pólvora y mar de su patente llegó a la barra segundos antes que él. Farfulló algo sobre el feminismo desmedido y la manipulación de la Historia, lo que no le impidió saludar a los presentes y pedir un jerez añejo para cerrar los ojos y rememorar la Andalucía que tanto le dio.

Arturo escuchaba a los demás con el punto canalla y pinturero de su último protagonista mientras las entonaciones y los signos de puntuación se mezclaban adoptando formas diversas, como el humo de pipa, que enturbia la luz del flexo e invoca ripios y trovas. Pemán, Campmany, Azorín, Borges y Cavia compartían botella de bourbon con Gistau, Jabois y Amón. Pasado y futuro coincidían invitados por Espada, Burgos, Millás y del Pozo, antagónicos nexos generacionales. Y así iba creciendo mí sueño, colmándose de plumas y anécdotas, sorbos y firmas, columnas y teclas.

De repente, un rotundo y elegante Narciso Díaz de Escovar interrumpió mi descanso para descubrir que los autores se habían marchado sin pagar. Todo un cliché literario, muy de escritor tieso y atormentado. Desde entonces, cuando escucho un villancico pido siempre un vermut, echo a correr y, con ojos deudores, miro al cielo; por si tengo suerte y aprendo algo de ellos, cazo al vuelo una estrofa imborrable, o me encuentro con Leonard Cohen.

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