19 de noviembre de 2016
Punto final

Mi pequeño gran mundo

20.11.2016 | 00:56

El mundo de los entrenadores parece fácil, pero no lo es. Más de uno pensará que ser entrenador simplemente es sentarse en un banquillo a dirigir partidos, hacer cambios entre cuarto y cuarto y dar alguna que otra orden durante 40 minutos. Más de una vez he escuchado esas afirmaciones y siempre he sido muy contrario a esos pensamientos. Será que gran parte de mi tiempo libre lo paso sentado en un banquillo y me duele oír esos comentarios tan simplones. Cada entrenador es un mundo, cada uno entiende el baloncesto de formación como bien le enseñaron de pequeño y otros tantos lo hacen en función de la formación que hayan tenido a lo largo de todos los años. Ser entrenador no es sencillo. Yo por lo menos tengo ese punto de vista.

Ser entrenador implica un compromiso muy grande tanto con el equipo que te han asignado como contigo mismo. Un entrenador debe estar en constante aprendizaje, no dejar de querer seguir creciendo en conocimientos y querer ser hoy mejor que ayer. Yo lo siento así, siento que aunque es un hobby –y bendito hobby– hay que ponerle todo el corazón del mundo.

Éste es mi pequeño gran mundo y en mis manos tengo un pequeño gran equipo. Me divierto entrenando, viendo como cada día vienen a trabajar con la mejor de las sonrisas y sintiendo que durante una hora y media no hay problemas alrededor. Mis cinco sentidos están puestos en su crecimiento, tanto personal como grupal, y si mis objetivos poco a poco se van cumpliendo no es por otra cosa que por el corazón, las ganas y el empeño que le pongo a todo lo que hago. Aprendí de los mejores, o por lo menos de los que yo considero como los mejores en esta difícil tarea de la formación. Cuando manejas jugadores de 10 años la cosa es complicada y a veces incluso desesperante. Ellos entienden el baloncesto como correr de un lado para otro, pasar el balón de vez en cuando y meterlo dentro de la canasta. Pero llega un momento en el que tu tarea se amplia a mucho más que eso.

A mí lo que me gusta, y es el difícil reto que me pongo cada año, es que aprendan los valores de un equipo, de un grupo. Me gusta enseñarles a tirar, disfruto perfeccionando sus bandejas y haciéndoles entender cómo deben colocarse en el campo cuando no tienen la pelota, pero también voy mucho más allá de la pista. Pongo todas mis ganas en que sientan lo que es un equipo, en que al lado tienen además de una compañera a una amiga y en que lo que todos trabajamos lo hacemos por un bien común. Qué fácil es decir eso de «cuando ganamos, ganamos todos y cuando perdemos?», pero qué difícil es hacer que lo entiendan los más pequeños.

Los resultados está claro que son importantes porque ganar siempre hace que el crecimiento sea mejor, pero no es lo más determinante. Quizá de las cosas más importantes sea la menos importante, valga la redundancia. Yo quiero ganar, me gusta ganar. Ese afán por competir cada fin de semana lo llevan todos los entrenadores en las venas, pero no vale hacerlo de cualquier manera. A mí me gusta hacerlo con un equipo que termina sonriendo, satisfecho con lo que se ha hecho durante todo el partido y entendiendo que el resultado es fruto del esfuerzo y trabajo diario. Me gusta que sientan que ha ganado el equipo y no la que ha metido más puntos. Me gusta que a mi equipo se le vea como una familia.

Es complicado cuando las edades son tan tempranas, pero pienso firmemente que cuando las bases se ponen desde abajo el proyecto termina siendo brillante. Cuando consigues que un equipo sienta algo especial cuando está junto, cuando está unido, y cuando comparten dos canastas y un balón naranja al final del trayecto te recuerdan como aquel que hizo que entendieran muchas cosas que no sabían o a las que no les encontraban explicación. Pasarán los años y ese contacto seguirá vigente porque compartisteis muchas cosas tanto dentro como fuera de la pista, os crecisteis ante las adversidades y superasteis barreras que pensabais imposibles. Todo eso son bonitos recuerdos, pero para que todo eso suceda mañana, hoy tienes que ponerle toda tu vida a lo que haces. Por eso cada día que me levanto pienso en crecer junto a mi pequeño gran mundo.

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