23 de noviembre de 2016
En solo 725 palabras...

Sin novedad, todo en calma

22.11.2016 | 23:50

Hace unos días mantuve una conversación con una vieja amiga, que me reforzó. La mujer anda en un estado sostenido de depresión angustiante que la aturde. Vive acurrucada bajo la manta de lo que pudo haber sido y no fue, sobre el lecho del miedo irracional a lo desconocido que le esconde el tiempo futuro de cada verbo. Sus adentros orillan el presente, como si tuviera tiña.

Me llamó pidiéndome socorro mágico, ya saben, ese de la varita taumatúrgica que toca y sana al instante. Y por enésima vez en mi vida me entristecí, primero, porque la distancia me impedía intervenir y, segundo, por no haber descubierto aún adónde Merlín escondió la jodida varita de marras. ¿Qué trabajo le habría costado al mago galés dejarme alguna pista sobre su paradero, para estos casos?

Mi amiga, lectora ávida adonde las haya y las haya habido, en su día tuvo un mal encuentro con Nietzsche, que aún la corroe. Y lo remedó retirándose a sus adentros profundos, que no termina ni terminará de encontrar mientras que lo que persiga sea tener razón. Don Friedrich, que no siempre estuvo en lo cierto, ni fue ni será buena compaña para los trastornos del alma. Nietzsche, la gran antinomia de la alegría de la huerta, es «el clavo ardiendo» de algunas almas cultas que pretenden encontrar justificación en sus enseñanzas, sin reparar en que esas enseñanzas podrían terminar siendo su peor enemigo. Solo un alma presa de la locura puede afirmar que «la felicidad es un camino inventado por los que mienten», como hizo Nietzsche en Aurora, obra esta que debiera figurar como lectura prohibida en los manuales de salud mental del mundo mundial, por su radical incompatibilidad con los tratamientos para el alma.

Sé que una situación como la que vive mi amiga, sumada al panorama que nos rodea y a sus visos, puede llevar a algunos a gritar desde sus adentros: ¡emergencia, abandonen la nave! Y seguro que algunos la abandonarían... Pero, ojito, eso sería reivindicar a Nietzsche. Y Nietzsche no es el camino.

Como apunto más arriba, a pesar de todo, la situación de mi amiga me reforzó, así que decidí aprovecharla y aprovechar su inercia para dirigirme a un amigo-hermano que anda transitoriamente ruseando por Moscú, para bien de muchos. Y lo usé a modo de Miguel Strogoff. Y una vez más lo convertí en mi cartero personal de lujo para llevar un mensaje, en este caso a su hija, una joven y hermosa dama, áptera de alas visibles, pero alada de invisibles y vivarachas alas. Paloma cumplía diecinueve años y, en la distancia, las palabras nunca son un mal regalo. Así que se me ocurrió que contra los mensajes alienantes del pensamiento nietzscheano, mejor enarbolar el mensaje equilibrante del pensamiento sereno. Frente al mensaje de «emergencia, abandonen», mejor el de «sin novedad, todo en calma».

Da igual lo que ocurra afuera, la serenidad interior siempre es nutricia, por eso mi mensaje fue que cuando razón y felicidad son conciliables, disfrutémoslo, pero cuando están enfrentadas, mojémonos y decidamos ser felices, que más vale felicidad sin razón que razón sin felicidad. Ya, ya sé que hay quienes defienden que la felicidad individual en estos tiempos es cosa superflua, porque lo importante es el sistema (?), pero yo prefiero ser clásico, porque se me antoja que Voltaire merece más atención que estos despersonalizantes-sabios-talibanes-prosistema; especialmente aquel Voltaire con retranca que en Le Mondain, aludiendo al lujo, nos legó aquello de que «lo superfluo es cosa muy necesaria». Y, voila, especialmente en estos tiempos, la felicidad es un lujo muy necesario.

Demasiadas veces diríase que los humanos hemos sido adiestrados para el ejercicio de una doctoral inepcia contraria a lo que nos conviene. Puedo prometer y prometo que hay ocasiones en las que esto es rabiosamente verdad. Frecuentemente, más que doctores chanchis parecemos ignaros doctorados cum laude respecto a nuestros verdaderos intereses. Nos afligimos porque a algunos la vida les dio Ferraris, mientras que a nosotros solo nos dio un limonero. Y maldecimos nuestra supuesta mala suerte. Demos un pasito más, seamos proactivos, busquemos algún otro afligido al que la vida proveyó con Martin´s Miller, otro al que la vida aprovisionó con Fever Tree y, finalmente, otro al que la vida premió con una inagotable fábrica de hielo, y montemos un guateque de gin-tonics que perpetúe nuestra envidiable suerte. ¡Ea...!

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