27 de noviembre de 2016
Al azar

El precio del monopartidismo

28.11.2016 | 00:33

El corrosivo Gore Vidal adjudicaba el Gobierno de Estados Unidos a un partido único con dos alas, la Republicana y la Demócrata. Imaginen su sorpresa de haber contemplado la derrota de la representante más depurada del monopartidismo bipolar, Hillary Clinton, a manos de un arribista inflado como Donald Trump. El magnate ha vampirizado la estructura tradicional del Gran Viejo Partido conservador, para dinamitar al conjunto. Las alianzas de conveniencia contra el enemigo exterior no son exclusivas de Washington, aunque de momento no han cuajado en resultados tan catastróficos. También España se ha incorporado al ejecutivo de salvación, con los ingredientes zarzueleros de rigor.

Rajoy se comporta como si dispusiera de la mayoría absoluta. Su pulsión patriarcal se transmite a la confección de un Gobierno repetitivo, mediante el que prohíbe el asomo de la mínima ilusión. El PSOE finge que ejerce la oposición, pero las interpretaciones respectivas a izquierda y derecha carecen de convicción. Se somete a los espectadores al vértigo de una estupefacción continua, con los socialistas apoyando entusiastas la elevación de Jorge Fernández Díaz hasta que la presión exterior se hace insoportable. Para amordazar a los escépticos, se agitan las facturas del bipartidismo imperante desde la muerte de Franco. Sin embargo, se extiende la convicción de que el monopartidismo también tiene un precio.

Por ejemplo, el precio de desmantelar al PSOE para coronar a Rajoy ha sacudido la estabilidad del mapa político, y ni siquiera queda claro que fuera suficiente para garantizar unos años de calma. El presidente del PP repite incansable que el Gobierno ha de ser previsible, a traducir por perezoso. Olvida que la oposición también debe ajustarse a las previsiones, y no puede defraudar su fundamento de hostigar al ejecutivo. En las contadas ocasiones en que los socialistas articulan un mensaje, cuesta dilucidar si hablan por iniciativa propia o pronunciando tan solo las palabras autorizadas por su ventrílocuo. Un partido con ánimo de gobernar desde la izquierda no podía participar en la canonización desmesurada de Rita Barberá. Y si los socialistas pretenden asaltar La Moncloa desde el centroderecha, deberían saber que este flanco anda sobradamente ocupado.

Así en España como en Estados Unidos, el monopartidismo es una solución de emergencia para neutralizar a los votantes, a menudo más caprichosos que los militantes en primarias. No puede hablarse de un resultado esperanzador, en los intentos por contrarrestar la sabiduría de las multitudes. El PSOE prefirió el continuismo a la evidencia de que un Gobierno en solitario no figura entre sus perspectivas. Esta actitud suicida contrasta con el decidido pragmatismo del propio PSE en el País Vasco. También los Demócratas prefirieron a una Hillary aceptable para el núcleo Republicano, con el resultado de que perdieron a dos bandas. Es probable que Bernie Sanders también hubiera resultado insuficiente, pero no podía ser peor.

¿Cabe imaginar a un votante que haya apoyado a la vez a Obama y a Trump, o próximamente a Hollande y a Le Pen? En el caso que le afecta, Obama sostiene que así ha ocurrido. Más cerca, Rajoy sobrevive como el presidente peor valorado de la historia de la democracia, en tanto que los socialistas se alejan de la idea del poder. Ni los animadores de Susana Díaz muestran una fe sincera en una candidata que se debilita notablemente al escuchar su anticuado discurso. Mientras tanto, la gestora desarbolada se circunscribe a su triste papel coral de tragedia shakespeariana. En el colmo de la debilidad socialista, el CIS ni siquiera puede encuestar sobre el líder de la demasiado leal oposición. Sondear a los votantes sobre la valoración de Hernando Bis sería irrisorio, por lo que solo se anotan las puntuaciones obtenidas por Rajoy, Iglesias y Rivera. El PSOE no tiene encarnación.

El monopartidismo se ha asumido con todas sus consecuencias. El experimento alemán no solo fracasó, sino que fortaleció a los asaltantes bárbaros. Falta determinar la dimensión del castigo a la izquierda francesa, pero el pesimismo se queda corto. En la variante española, el PSOE ni siquiera se ha preocupado de reservarse el candidato como en Estados Unidos, o una cuota de poder como en Alemania. En el lenguaje futbolístico que se ha incorporado imparable al análisis político, los socialistas ya no dependen de sí mismos para salvar la categoría. Su suerte está en manos de Rajoy, y por decisión propia.

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