28 de noviembre de 2016

El tranvía y la lengua

28.11.2016 | 05:00

La calle está que apesta a misterio. Por todos los albañales municipales fluye la polisemia. Donde antes se imponía la prosa catastral, ahora llega la poesía. O cuanto menos el significado desplazado y la doma de la imaginación, que es la consecuencia en frío, respecto a la lengua, del triunfo del amanecer fenicio y del márketing. En las últimas elecciones el alcalde de Málaga se sacó de la manga a una especialista en transporte y con ella, casualidades o no, ha llegado el despiporre conceptual definitivo a este gran sindiós que es la prolongación del metro. Recapitulemos. Resulta que lo que era el metro es para la Junta un tranvía que a su vez el Ayuntamiento quiere que sea un autobús urbano. O sea, que el metro en realidad no existe y es una luz titilando al fondo, una metáfora que cada uno entiende a su manera, como lo del Cristo, el patriarca celeste y la paloma. Van pasando los meses y el caos especulativo continúa sin brida ni paz en el horizonte. Con los vecinos en medio. Las tres o cuatro docenas. Que ésa es otra, porque aquí la voluntad popular se entiende a la carta, sin criterio universal, ignorando a unos y poniéndose asambleísta con otros, como si lo de levantar una ciudad y transformar sus comunicaciones internas fuera una cuestión que compete en exclusiva a los que van todos los días por el barrio a comprar el pan o se entretienen en los pasos de cebra. Negarse a un tranvía tiene algo de terquedad ludita. Pero cuando es a costa de contradecirse a uno mismo y de poner en riesgo un crédito ya concedido por el BEI el asunto escala en su gravedad, hasta el punto de merecer una cumbre de las de diván con los asesores que se empeñan en el invento. De todos los argumentos a los que recurre el Ayuntamiento no hay ni siquiera uno potencialmente capaz de resistir el paso de tiempo y llegar a 2050 sin parecer retrospectivamente sin rumbo, cuando no material de villorrio. Y más, viendo cómo funciona el metro en Teatinos –quién lo diría, después de tanta soflama– y las virtudes del tranvía, que es un medio de transporte que no fue perdiendo popularidad en Europa por la eclosión de sistemas más avanzados, sino por las necesidades crematísticas de la industria del automóvil y del petróleo. El alcalde está suficientemente informado en esta materia como para ignorar las ventajas y desventajas de la comparación totalmente desigual entre un tranvía y un autobús, que no tiene nada de metro, a menos que se amplíe el arcón semántico y cuele también un sillón tirado por burros como metrocuádriga o Fernando Alonso como metroconductor por vía hermética. Señores, dejémonos de chorradas. Que las trampas de la retórica son a la poesía lo que el sexo de los ángeles al sexo, una distracción ingenua para aburrir al personal y dejarle sin marcha y sin progreso. Volvemos, tal cual, al novelón arrevistado. Al sentido y electoralista agravio comparativo con Sevilla. A los meses de reuniones estériles que, por su horario y contenido, Amnistía Internacional no tardará mucho en catalogar como tortura de lesa humanidad para los infelices de la prensa. Y mientras avanza, inconmovible, el calendario. Veremos si todo se queda en oportunidad perdida. Ahora que por fin había pasta. Saquen su metropie y caminen hacia sus conclusiones. No todo lo que hace la gente seria es serio.

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