Tribuna

Una familia en secreto

28.11.2016 | 21:32

En la película El secreto de sus ojos (2009) en una de las secuencias más interesantes de los últimos años se preguntaba su protagonista Benjamín Espósito (Ricardo Darín), agente judicial, ante las desoladas vidas de las que tenía noticia: «¿cómo se hace para vivir una vida vacía? ¿cómo se hace para vivir una vida llena de nada?». Imagino que Eduardo Sacheri, autor de la novela en que se basa la película, puede resolver sus dudas a poco que siga la biografía del expresidente francés François Mitterrand, que mantuvo una familia en secreto durante 34 años. El famoso político galo tuvo una relación paralela a la de su familia oficial con Anne Pingeot, una experta en arte, durante 34 años, desde 1962 hasta 1996 en que Mitterrand murió. La conoció cuando ella tenía 19 años y él, 46. Fruto de esa relación nació en 1974 Mazarine Pingeot, conocida escritora francesa. Una historia sentimental tan extraña y compleja no debiera pasar desapercibida a los estudiosos de la conducta humana, ésa que tanto sorprende a Sacheri. Hemos tenido la suerte de que Mazarine haya descrito sus inauditas vivencias en dos libros: Bouche cousue (Boca cosida) (2005) y Bon Petit soldat (El buen soldadito) (2012) aún sin traducir al castellano. Para dar más interés al debate la editorial Gallimard acaba de publicar Lettres à Anne donde se recogen las 1.218 cartas que François le escribió a Anne durante esos años y que han sido mecanografiadas y entregadas por ésta a la editorial. Según cuenta Enric González en El Mundo, la mayoría son cartas de amor y de una alta calidad literaria. O sea, la misma corporalidad que cobijaba a un fiero dirigente, a un redomado cínico, también abrigaba a un romántico amante del amor. Es curioso que Anne Pingeot asocie los años de mayor felicidad con su famoso amante a los años en que nadie sabía de dicha relación. O sea, al secreto. Algo que también señaló hace unas semanas el poeta Pablo García Baena: «La conciencia de pecado, lo secreto, estimula el deseo y hace el placer más intenso. En la vida de ahora el placer es más vulgar». Pero, aunque la correspondencia entre François y Anne brinde datos sobre la personalidad de Mitterrand, me parecen mucho más interesantes las aportaciones de su hija Mazarine, el tercer miembro de esta «familia en secreto». Los dos libros que ha publicado sobre la vida con sus padres están bien escritos y son demoledores. De ambos se concluye que no parece que mantener una vida en secreto sea el ambiente más sano para que crezca una hija. Ambos volúmenes son complementarios. Mazarine habla de ellos como si fuesen libros autobiográficos, con lo cual la verdad discursiva se le supone. Lo que nos queda es una infancia complicada, una adolescencia silenciosa y una perpetua ambivalencia ante la figura paterna, ante ese padre de fin de semana al que no podía citar en público pero que fue el presidente de todos los franceses durante 14 años. Mazarine y su madre vivían en un lugar protegido permanentemente por gendarmes, en «una casa que parecía más una prisión». Ahí visitaba el expresidente a su familia secreta cada fin de semana. Entre semana, «dejaba de ser mi padre, vivía con su familia oficial y mi madre volvía a ser solo mía. Volvía la soledad, o sea, la falta de fluidez entre lo exterior y lo interior», escribe Mazarine. Esta situación de oscurantismo se rompió en 1994 cuando Paris-Match publicó unas fotos de Mitterrand y Mazarine saliendo de un restaurante. El anciano presidente, tras una furibunda reacción contra los paparazzi, acabó reconociendo públicamente la paternidad de la joven de 20 años que le acompañaba en la imagen. Cuenta Mazarine: «Fue dramático. Mi adolescencia había sido muy contenida porque una revuelta mía habría sido un golpe de estado. Ni me enteré de esos años. Mi padre construía todo desde el rígido control, desde el oscurantismo, desde la invisibilidad. Pero de repente un día todo estalla y ves esa foto en todos los quioscos. El golpe para mi padre fue terrible». En su segundo libro, Bon petit soldat, escrito mientras acompañaba a François Hollande en la campaña electoral de 2012, Mazarine se expresa con una mayor elaboración literaria de sus vivencias que en su primera entrega, más visceral. Es difícil alcanzar una representación escrita de los sentimientos tan brillante como ella logra. No creo que haya una imagen capaz de representar lo que Mazarine logra en mil palabras. Hay emociones inaccesibles a la cámara del cineasta, emociones de las que solo sabremos si alguien es capaz de verbalizarlas o de escriturarlas. ¿Cómo puede alguien filmar El Yo es un problema con el detalle y la carga factual que ella lo hace? Sigue, Mazarine: «Hasta los veinte años me mandaban callar continuamente ante los demás. Me sentía como un agente secreto, como alguien sin identidad. Es lo peor que le puede pasar a alguien, que le obliguen a no ser nadie. Cuando te mandan callar sueles pensar que es porque estás haciendo algo vergonzoso. Pero al poco, llegaba mi padre, el hombre que gobernaba Francia y decía que yo era su mayor tesoro. Así me pasé la infancia y la adolescencia callando, yendo incluso más allá de lo que me pedían mis padres para guardar su secreto porque sabía que esa era la obligación de un buen soldado». Los libros de Mazarine son la historia de un dolor, un lamento escriturado. La condena a una neurosis que se refleja, cuenta ella misma, en su inseguridad ante la gente, ante el mundo: siempre se ve pidiendo perdón por estar ahí€ Una neurosis que ya es como una segunda naturaleza. ¿Recuerdan a Morales, el pobre viudo de El secreto de sus ojos? «Usted dijo perpetua, Espósito, usted dijo cadena perpetua€». Y funde a negro. Sorprende que las editoriales españolas no hayan traducido nada de esto al castellano. Son obras de un valor incalculable. Pero más me sorprende que en los periódicos la noticia de la publicación de las «Cartas a Anne» se ubique en la sección «Amoríos» o similares. Quienes desprecian este tipo de documentos o quienes los infravaloran, ¿cómo piensan que se escribe la Historia? ¿cómo piensan que se mueve la vida? Tal vez es que estamos instalados en la creencia de que la palabra AMOR es un vocablo francés y nos cuesta declinarlo.

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