Mal de Ojos

Esteban 'for president'

04.12.2016 | 05:00
«Trump quería más, y como la realidad se le quedaba estrecha, dio el salto a la ficción».

A los pocos días de la elección de Donald Trump como presidente de EEUU, los jefes de Big Brother USA hicieron llegar a la casa de los encerrados el eco de esa actualidad. Reunieron a los concursantes en el salón. La voz de una mujer, supongo que similar al papel que cumple aquí la figura del conocido como El Súper, les dijo que les iba a decir algo muy importante que afectaba a la nación. Antes de soltar la bomba, la Súper USA mareó la perdiz tensionando el momento. Los concursantes se rebullían en sus asientos. Y clamaban, por favor, por favor, por el nombre, si Hillary Clinton o Donald Trump. Al final, abrió la espita y soltó el nombre, Donald Trump. Silencio. La cara de todos los encerrados se petrificó. Por unos momentos pensaban que era una broma, pero La Súper no dio opción. De repente, los ojos de los seis concursantes se abrieron como paraguas bajo la tormenta, y se buscaban entre ellos tratando de resguardarse del impacto. Nadie mostró alegría. Incluso uno de ellos preguntó, seguro que en nombre de todos, si era posible quedarse en la casa, encerrados, cuatro años más. Cuento todo esto porque esa sensación ha recorrido y recorre una parte del mundo, aquella que no se reconoce ni en Vladímir Putin, el jinete ruso que recorre las estepas heladas con el pecho al aire, ni en Marine Le Pen, envalentonada con los nuevos aires, esos que poco a poco dejarán de avergonzar aunque digas que los abrazas con tu voto con la quijada así, retadora, como una mula terca que no mira donde pisa porque sabe que tiene la fuerza, ni en Viktor Orban, el primer ministro húngaro, ese que escupe odio y levanta miedo con su verbo de fuego, ni se reconoce en esos partidos más allá de la derecha que apelan a un mundo en que el otro, el distinto, es el enemigo. El titular de arriba, Esteban for presidente, creo que está claro. Esteban es Belén, y Belén es Belén Esteban. Supongo que recordarán que hace apenas unos meses, quizá un año, y de forma recurrente algunas épocas, se jugaba con la posibilidad de que esa palurda endiosada por la televisión se presentara a las elecciones, comentario que se hacía dando a entender lo estrambótico, e imposible, de tal disparate.

La tele lo cebó

Hoy no sería tal disparate. No sólo que se presentara sino que las ganara, visto lo visto. Donald Trump es otro producto de la tele. De hecho, la prueba, y el honor de llevar a un pollino muy listo a una alcaldía principal que se metió en política como el que invierte en un negocio culebreando por los resquicios del sistema fue Jesús Gil, que su dios lo tenga alejado de la gloria, o que lo martirice con huríes de tetas endiabladas y sexos de ardiente ámbar y él, arrugado y enloquecido, note que su impotencia le ridiculiza y hasta su caballo, Imperioso, cocea como una liebre descojonándose del fanfarrón en su tumba. Decir Jesús Gil es decir Marbella, jacuzzi, mafia, Telecinco, jacas en bikini, oros, robos, chistes zafios, palmaditas al bufón popular, conexiones en directo, vergüenza, mucha y desoladora vergüenza, estafa, saqueo, y condena judicial por el robo del arca pública sin asomo de culpa, con la chulería del gánster acostumbrado a escupir de lado. Jesús Gil sabía engatusar al ignorante, y al preparado sin escrúpulos, con una verborrea que los políticos de profesión no usaban. Ya se sabe, usó el mantra que no falla en cada uno de los mil programas que le dedicaban, conceptos simples para problemas complejos. Y él, mientras, engordando. No sólo su buche de ogro peludo sino engordando su personaje. Como Trump, el primer presidente yanqui que lleva más maquillaje que la «First Lady of the United State». Experto en «reallities shows» y organizador de Miss Universo, decía Antonio García Ferreras en la presentación de un reciente La sexta columna, Yes we Trump, un tipo mentiroso, egocéntrico, vanidoso, xenófobo, machista, ha conseguido seducir a millones de votantes. La ascensión de Donald Trump, decía el narrador en el reportaje, que se edita con una banda sonora de primera calidad, no se entiende sin su pasión por la tele. Y allá vamos. La tele cebó al monstruo. Hasta que tuvo vida propia. Cuando empezó a dar miedo a sus múltiples creadores ya era demasiado tarde.

Yes, we can

Veamos parte de su historial catódico. En 1980 vendía en la pantalla su cara de tipo con éxito, un multimillonario que construyó una torre con su nombre como un faraón rubio, y las cadenas se lo rifaban. Pero Trump quería más, y como la realidad se le quedaba estrecha, dio el salto a la ficción. Se codeó con Will Smith, cuando El Príncipe de Bel Air ni conocía a Pablo Motos, jugó a ser una estrella de Pressing Catch, donde hacen coreografías y teatro dos forzudos y Donald podía sacar al «showman» que lleva dentro, colaboró en el cine más de doscientas veces en cameos que hoy se devoran, Woody Allen contó con él en Celebrity, 1998, donde dijo que quería comprar la catedral de San Patricio, quizá para derribarla, decía con ironía, para levantar una estructura polivalente y audaz, pero su fama en televisión alcanzó tanto nivel que hasta tuvo su propio espacio, El aprendiz, un «reallity» donde él se convertía en modelo a seguir, y hasta tiene una estrella con su nombre en el Paseo de la Fama de Los Ángeles. Jimmy Fallon lo ha llevado muchas veces a The tonight show, de la NBC, aunque ahora se tendrá que conformar con su gran imitador, Alec Baldwin. En una de sus últimas visitas, ya en campaña, dejó que el cachondo presentador comprobara que el pelo de mazorca de Trump es de verdad, y lo removió con su mano, momento que dio la vuelta al mundo. Todo por el espectáculo. Yo soy el espectáculo, piensa Donald. Hasta hoy, cuando el gesto de medio mundo y de otros tantos estadounidenses se quedó congelado, como los concursantes de Big Brother USA al saber lo irremediable. Así que visto lo visto aún estamos a tiempo para que España fabrique su Trump. La tele, Aguirre y allegados se lo están currando. Y los partidos «normales» aún más. «Yes, we can». Ánimo.

La guinda

A voces
Por casualidad, en casa de unos amigos, y como atrapado por educación en la red de Gran Hermano, que jamás veo por dignidad, asisto a un griterío de maleducados que se relacionan en la casa dando alaridos. Me pone muy tenso esas escenas de chabacanos. Luego, en La Sexta, aún colea Pesadilla en la cocina, donde Chicote trajina el fogón que llevan unos hermanos italianos que se hablan a voces, a grito pelado. No lo aguanto.  

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