Al azar

Trump estrena el universo

04.12.2016 | 05:00

La pirueta de Donald Trump consiste en mantener su efigie de radical tabernario sobredorado mientras gobierna desde la ortodoxia de Goldman Sachs. Empeñado en romper moldes, no solo es el primer presidente que proclama que decir la verdad no es políticamente correcto, por lo que incumple sistemática y afortunadamente sus promesas de campaña. Es además el primero que disputa y adivina una conspiración en los resultados de las elecciones que acaba de ganar, porque «también gané el voto popular si descuentas a los millones de personas que votaron ilegalmente». Sí, es un firme paso hacia la ilegalización de todo voto que no se dirija hacia su augusta persona, un proceso visible asimismo en algún país latino.

Trump vive cada día como si estrenara el Universo. El primer presidente populista también es el primero que entrega el Tesoro a un tiburón de Wall Street, no hay diferencia con un Rajoy que reserva la cartera de economía para un responsable de la fracasada Lehman Brothers. El primer billonario que desembarca en la Casa Blanca, y que se niega por tanto a habitar esa residencia menguada, también quiere ser el primero en matar a un terrorista con sus propias manos. Obama y Hillary Clinton tuvieron la delicadeza de contemplar la ejecución de Osama bin Laden a través de una pantalla, su sucesor hubiera reclamado el derecho al tiro de gracia.

Todo empieza con Trump. Es el primer presidente que aboga sin tapujos por la reintroducción de la tortura, que tantas jornadas de gloria brindó a Bush. El neófito no busca subterfugios como los «interrogatorios intensificados». Habla del waterboarding o asfixia por agua con una sonrisa cómplice. Ha de probar todos los juguetes, su iniciativa ha causado más terror que Isis en el seno de la CIA. El presidente electo añade un convincente «creedme, funciona», como si fuera el primer presidente dispuesto a practicar la técnica con un presunto terrorista de relumbrón. De hecho, un exdirector de la CIA, Michael Hayden, se ha apresurado a advertir de que «Trump puede prepararse a traer su propio cubo de agua» si quiere recuperar el ahogamiento de prisioneros. Se arremangará, no cuesta imaginarlo en la faena con su rictus habitual.

Llega el primer emperador del planeta que ha incorporado a sus hijos al equipo de transición a la Casa Blanca. No puede haber conflicto de intereses en quien solo se interesa por el conflicto. Los tentáculos de Trump se extienden por tantos países que su victoria electoral equivale a la ocupación de Washington por una potencia extranjera. La intención de desvincularse absolutamente de sus negocios, a fin de colocar a sus hijos al frente, no ha resultado tranquilizadora para el establishment. Estados Unidos preferiría que situara a su prole al frente del Gobierno. Incluso el inquietante Barron Trump, de diez años de edad, inspira mayor confianza que su padre sosteniendo el maletín nuclear.

El anterior presidente alcanzó la Casa Blanca desde el mantra sedante de «No drama Obama». En su guerra desatada contra la corrección política, Trump dramatiza cada una de sus intervenciones. Con deliberación, por primera vez en la era de la política como actividad narcótica. Una toma de contacto de rutina con el primer ministro de Paquistán se traducía el pasado miércoles en «vuestro país es impresionante y ofrece unas oportunidades tremendas». En efecto, cuesta decidir si el magnate intenta sosegar a un aliado dotado de un arsenal nuclear, o si está promocionando la construcción de una cadena de campos de golf. Esta duplicidad será inseparable de cada capítulo de su biografía presidencial.

Trump conocía la celebridad, pero ahora descubre la mitificación en vida, la divinización faraónica. O la satanización dantesca, indistinguible de la anterior. No está claro que deje participar a la humanidad de su estreno universal. Por primera vez, su país cuenta con un Estado dentro del Estado. Tras desligarse técnicamente de su empresas, se aislará en su país imaginario, y se coronará como el primer monarca de Trumplandia. Desde las comitivas presidenciales y el Air Force One, gobernará los titulares a fuerza de tuits, mientras su Administración desmonta cuidadosamente sus fabricaciones dalinianas para entregarse a la continuidad cotidiana. A sus 93 años, Henry Kissinger sigue predicando la diplomacia armada, y convencido de que una buena guerra conseguirá que el delirante Trump entre en razón.

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