El paseante

El agua que no cesa

05.12.2016 | 05:00

Hace pocas semanas escribí un artículo sobre las aguas en Málaga. Un tema que no cesa. Casi un subgénero periodístico en los medios de nuestra tierra. Aquellas líneas enfocaban las necesidades hídricas en una provincia que sufre sequías recurrentes y, además, vive en gran parte de una industria turística que exige un alto consumo de agua. Hoy lunes regresamos a las torrenteras que ayer distribuyeron sus hectómetros de desgracias, sobre todo, por la franja costera occidental y el Valle del Guadalhorce. Nada nuevo bajo el sol, nada nuevo bajo las nubes. Tal como aprendí en las clases de D. Jesús Cuesta, egregio profesor de Geografía en Nuestra Sra. de la Victoria, Martiricos, si bien este tipo de precipitaciones es, o era, propio de los meses de octubre y noviembre en el Mediterráneo, no es menos cierto que el registro de datos revela su cualidad cíclica. Nuestra clase política, desde Ayuntamiento hasta Bruselas, no tuvo la inmensa suerte de que D. Jesús la suspendiera una y otra vez por ignorar los regímenes pluviométricos y temperaturas de los diferentes climas del planeta, el malagueño, incluido. Tampoco habría aprobado historia. Y así, a causa de una manada de iletrados elegidos por el pueblo, las inversiones de dinero público huyen del brazo de estas trombas como esa agüita amarilla que cantaba Pablo Carbonell.

Las obras preventivas se realizan en Málaga con un curioso efecto de posterioridad ajeno al significado del verbo pre-venir. Tras los desbordamientos que asolaron la Málaga de fines del XIX y principios del XX e, incluso, después de que la Trinidad y Perchel se vieron como una Venecia proletaria en los años 50, sólo entonces se comenzó la repoblación forestal de los Montes de Málaga que en su desnudez colmaban el Guadalmedina y, además, se alzaron los muros de contención de Pasillo Santa Isabel y Avda. Rosaleda. Ocurridas las inundaciones de la zona Carretera de Cádiz y Polígono de Guadalhorce de 1989, se realizaron las obras que encauzaban al Guadalhorce en su desembocadura. Y así podríamos mencionar un güevo, en malagueño, de intervenciones en el alcantarillado de barrios que carecían de él, o de actuaciones realizadas en la red de distribución de agua potable para conseguir que el tifus y el cólera dejaran de ser tan malacitanos como los merdellones o el pitufo con un mitad doble. Mi llegada a Málaga en el 1968, con cuatro añitos, se inauguró con una cagada de paloma sobre el hombro cuando nos dirigíamos por el Parque hacia las colas de vacunación contra estas enfermedades en el Hospital Noble.

Ayer contemplamos fotos y videos por las redes donde viajábamos en el tiempo hacia los años 80. Una vez más, la Carretera de Cádiz y los polígonos adyacentes se veían afectados por el Guadalhorce. De nuevo, desde Marbella hasta Estepona, la lluvia había desbordado las compuertas de la desgracia; de hecho provocó la muerte de una joven en un club de alterne inundado, una noticia sórdida como pocas que recuerde. La lluvia y la sequía son cíclicas en el Mediterráneo. Puedo asegurar, sin que yo sea profeta ni pitoniso, que volveremos a ver la columna de agua que ayer contemplábamos tras los cristales quienes tuvimos la suerte de encontrarnos bajo techo y en un lugar al que no afectara su violencia. Puedo aseverar con las manos sobre ascuas que regresará un período sin lluvias que nos hará anhelar estos goterones que hoy caen con todo el desprecio por los afanes de los humanos. Don Jesús nos hacía repetir el mapa climático que no se ajustase a la exactitud de las coordenadas. Y puedo prometer que dentro de varios años algún político nos aconsejará que introduzcamos botellas de agua en las cisternas para reducir el consumo, y que algún otro imbécil justificará tanta ruina por las inundaciones por la ira de un dios abstracto, como el del cambio climático, antes que por el despropósito de una arquitectura, planificación y diseño de nuestro territorio que invoca toda desgracia. El metro está recién construido y recién inundado. No sé cómo se atrevieron a abordar obras subterráneas en Holanda, en Bélgica o en Dinamarca.

*José Luis González Vera es profesor y escritor

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