Constitución española

12.12.2016 | 05:00

Hay un vídeo en Lituania, donde paso menos tiempo del que me merezco y a veces incluso del que necesito, en el que la lideresa de uno de esos nuevos partidos racistas, machotes y diarreicos que recorren Europa, se encasquilla bufonescamente y es incapaz, siquiera a la sexta vez, de pronunciar la palabra Constitución, que en lituano, al igual que tantas otras cosas, se dice con mucho aire vocálico, como de eslavo de bosque alegre y cantarín. Cada vez que veo el vídeo, en loop, esta mujer, un cruce en lo gramático y tal vez en lo ideológico, entre Cospedal y La Mari (Le Pen), me recuerda desesperadamente en significante y significado (todo allí es signo y nieve y Greimás) al parlamentarismo español, que es un parlamentarismo, ya se sabe, tirando a encasquillado y más bien de trazo grueso. Y, sobre todo, y ahora más que nunca, a cuenta de la Carta Magna, así llamada por los cursis, pronto un género literario, que por ahí anda la vida y los motivos para escribir. En todo este deporte bizantino del metadebate y la reforma constitucional, últimamente con giros a la italiana, como los escritos de Boscán, España, para variar, está dividida y consumida en su habitual prosa bipolar. Están, por un lado, los que quieren arrojarlo todo por la borda y resetear hasta a Gutiérrez Mellado y al Guerra, y, por el otro, los que hablan de la Constitución como si fuera la Biblia, un infolio sagrado e inamovible, por más que los españolitos ciberpunk de hoy no le encontremos sentido cristiano, y mucho menos del otro, a renunciar los viernes cuarismáticos al magro con tomate para ponernos hasta las trancas de bolas de atún. Digamos que la Constitución, hecha en su día con pompa y, sobre todo, circunstancias, necesita una buena mano de aggiornamento, y éste, en caso de producirse, está claro que sería necesariamente parecido al del 78, que el desequilibrio de fuerzas no permite otra cosa que un acuerdo, cuando no un entente parroquial. ¿Quién dijo miedo? Es cierto que éste es un país más propenso al cisma y a la destemplanza, pero también que los problemas centenarios que separan al personal y al terruño no se solventan echando encaje a los bolillos o balones fuera. O se busca un punto de partida en el que todos se sientan a gusto, con escaso margen para la inevitable demagogia, o seguimos con el desentendimiento crónico. Y muy probablemente con la casa sin fregar y las prioridades trastornadas; que no todo es el déficit ni las figuras inviolables. Casi una década después del fin teórico del pelotazo y del cataclismo de la crisis, España sigue sin acertar con las reformas decisivas, siendo el cachondeo padre de la cultura fiscal, que aquí engaña hasta el Ronaldo, que no es que destaque precisamente por sus conocimientos de hacienda pública y su destreza intelectual. Ostras Pedrín la Constitución. Tan vilipendiada y tan santurrona. A ver quién embrida tantas pasiones. Se han dado culebrones más suizos y asépticos que la vida congresual.

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