Entre el sol y la sal

Todos unos tiesos (parte 1ª)

Llevo una semana contando billetes imaginarios, soñando que entro en la sucursal de mi hipoteca al grito de «Aquí mando yo»

21.12.2016 | 00:44

Hoy por primera vez puedo tutearos, porque mañana es el sorteo de la lotería de Navidad y saben qué, que va a tocarme. Esta vez lo sé, lo noto y lo siento de una forma tan intensa, tan real que, si no me toca, sentiré que me han robado. Yo ya estoy mentalizado a mi nueva vida de rico, así que desde hoy no seréis más que unos tiesos, unos simples mortales, una página pasada de mi vida, un mal rato de llantos y lamentos con el que he convivido hasta ahora. Pero eso se acabó, mañana todo esto no habrá sido más que un mal sueño.

A partir de mañana dejaré de conoceros, de aguantaros, de saludaros. A partir de mañana flotaré por las aceras, mi sudor será tan extraño como la sangre de unicornio, siempre tendré mesa en los restaurantes de moda, estrenaré ropa que vosotros sólo podéis soñar, mi chofer conducirá un coche nuevo cada día, viajaré a lugares remotos en avión privado, tendré un tío dedicado a comprobar si mi comida tiene la temperatura deseada y otro cuya única misión se limitará a calzarme cada mañana, cambiaré los apliques por otros de diamante, puede que incluso me haga unas alzas con billetes de 500 euros. Sí, esa idea me gusta, tacones cubanos de fajos de billetes prensados. Un Tony Manero arrítmico y billetoso.

La lotería es lo que tiene, que te convierte y desvela que realmente eres otro cuando te toca. Y es que uno no es como vive, sino como sobrevive y pasa el tiempo hasta que se hace rico. Por eso el hecho de ser agraciado revela tu verdadera naturaleza, lo que de verdad has deseado ser pero que, por falta de suerte, nunca has podido llegar a demostrar que eras. Como si, hasta el día de ser afortunado, hubieras tenido una vida fingida, resignada.

Ya os digo, llevo una semana contando billetes imaginarios, soñando una y otra vez que entro en la sucursal de mi hipoteca al grito de «Aquí mando yo». Puede que eso sea lo que más ilusión me hace, mirar a la cara del director y reírme alto, muy alto. De verdad, voy a llamarlo todos los días a la hora de la comida para preguntarle cómo le va la vida y si cree que el próximo mes podrá hacer frente a sus responsabilidades. Ya sabéis, en plan «oye, no depende mí, es que me llaman de Madrid y quieren saber».

¿Madrid? Voy a darte yo Madrid. Va a salirte Madrid por cada poro de tu piel. Voy a reventarte los tímpanos con Madrid, cabrón. Pero ahora que soy muchimillonario (ya lo doy por hecho) resulta que no, ahora me entero que no, que lo que pita no es recortar, es rescatar peajes. Y yo me preocupo de a cuánto está el kilometro de tonto.

Y le digo al director: estoy entre comprar 400 kilómetros de peaje de la obra financiada por vosotros con dinero del fondo de inversión español o negociar directamente con un fondo de Dubai.

Esta duda, como mal rato, me ha durado unos 15 segundos, que todo hay que decirlo. No estaba uno acostumbrado a ser rico. Ahora resulta que no existe interés, información al administrado, o pensar en elegir en qué salón privado o puticlub llegamos y lo discutimos. Sea como fuere me da exactamente igual, sé que me quedo muy corto de texto, pero a partir de mañana no debo cumplir un mínimo de palabras, ni rellenar pliegos administrativos para llevarme una adjudicación de obra. Es más, dado mi nuevo patrimonio dudo que vuelva a escribir o plasmar mí rúbrica en este periodicucho. Qué diantres, que recen para que no lo compre y las rotativas giren al ritmo de mi necesidad, mi ego y mi capricho.

Quedaros, sí, vosotros, pedigüeños bultos sospechosos, con una idea muy clara: No os conozco, no os respeto, y ya decidiré, en base a vuestra sumisión, si os perdono la vida, o no.

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