De buena tinta

El punto de no retorno

26.12.2016 | 05:00

Por regla general creo en la redención y en las segundas oportunidades pero hay líneas que, de cruzarse, complican en demasía una vuelta atrás. Así, en ocasiones, cuando la desgracia se presenta, uno tiende a echar la vista atrás y procura analizar en qué momento se plantó esa semilla del pasado de la cual brotó el desastre que acontece en nuestro presente y que parece imposible refrenar. Como cuando la arena se nos escapa entre los dedos. Pero les centro porque, a pesar de la reflexión previa, aún no les he explicado por dónde van los lances de la historia. Les cuento. El caso es que, hace unos días, me dio por pensar en qué resortes tendrían que activarse en mi cabeza para llegar a amenazar a mi mujer con un cuchillo, agarrarla del pelo y arrastrarla por el pasillo con ánimo de lanzarla de cabeza contra un espejo. Lo digo así, de manera tan concreta, porque son los términos en los que la víctima, siempre de manera presunta, relata el suceso acontecido hace unos días en la localidad de Marbella. ¿En qué momento vital se tomó la bifurcación precisa para llegar a ese extremo? Desgraciadamente este tipo de preguntas se tornan inútiles cuando el suceso alcanza cotas irreversibles pero, en cualquier caso, no sólo es legítimo plantearlas sino que, desde mi punto de vista, resulta necesario hacerlo para activar el estado de alarma y prevenir a otras víctimas potenciales que ya se vean trastabillando por el filo de la navaja. En la anticipación está la clave. ¿Sería posible rebobinar e identificar un punto de no retorno? Aunque aquí las matemáticas no funcionan, es probable que previamente hubiera otras agresiones menores que, quizá, fueran perdonadas y olvidadas. También intuyo que, sin ánimo de buscar justificaciones en ninguno de los casos, pero sí con la intención de reflexionar acerca de las causas, hay mucho de inseguridad y complejo en la figura del maltratador. Tampoco me da la sensación de que exista una causa generacional, habida cuenta de que el maltrato se viene produciendo en un arco de edades tan amplio que abarca tanto la de mis abuelos como la de quienes rondan la adolescencia. Y efectivamente, por seguir ahondando, la educación debe constituir, sin duda, una de las primeras espadas en la lucha contra esta lacra. Pero junto a ella, y con mucha más firmeza, debe prevalecer la unanimidad social. Un firme posicionamiento de tolerancia cero. Esto, aquí escrito, parece incuestionable pero el problema se presenta cuando las luces de alarma comienzan a encenderse en entornos más o menos cercanos, familiares o de vecindario. Es aquí donde, frente a los primeros ruidos de muebles que se golpean al otro lado de la pared, los gritos en el rellano, las sombras bajo los ojos en los cruces de ascensor y la continencia de lágrimas, se apuesta, erróneamente, por las respuestas tibias. Todo va a ir bien, no va a pasar nada, ya verás como se arregla, respetemos el ámbito personal, la intimidad de la pareja o la familia, eso son cosas de niños, de jóvenes, ¿no ha tenido usted quince años?... y cosas así. Sin embargo, hay signos primarios que van apuntando maneras y a los que no se debería quitar importancia. Ya me llamaron algo más que alarmista cuando en esta misma columna sugerí ciertas hipótesis de alerta usando como escusa los comentarios expresados bajo una pintada en una calle de nuestra ciudad. Pero sin profundizar en el fondo o en la educación de las réplicas, aquellas respuestas me demostraron, una vez más, esa tendencia a pasar de largo, a ningunear la prevención, a dar cancha y a reaccionar, únicamente, cuando no se puede hacer nada más que llamar a la ambulancia. Probablemente la indignación y las piernas les temblaran algo más si esa pintada, por ejemplo, adornara la fachada propia y fuera dirigida a sus hijas. O bien a través de wasap, o vía muro de facebook. Y sí, yo también tengo claro que un mensaje de texto más menos posesivo no tiene por qué anunciarnos la presencia de un eventual maltratador, pero lo que también resulta incuestionable es que todo drama de este tipo principia con gestos y evidencias triviales, inconexas y, aparentemente, carentes de importancia.

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