Las siete esquinas

La conjura contra la Navidad

Sería estúpido renunciar al legado de la Navidad sólo porque su celebración pueda parecer hipócrita o consumista. En tiempos de crueldad, apenas tenemos fiestas que apelen a lo mejor de los seres humanos

28.12.2016 | 05:00

Para el nuevo moralismo puritano que cada vez tiene más adeptos entre nosotros, la Navidad es una fiesta insolidaria, consumista, hipócrita y hortera. Una apoteosis de sentimientos fraudulentos, de ostentación, de bulimia y de alegría plastificada. Todo es feo y falso, todo apesta a mentira y a tomadura de pelo. Todo es una representación del peor capitalismo. Y encima, la Navidad es una fiesta religiosa que un grupo de fanáticos quieren imponer a una mayoría de la población que no tiene sentimientos religiosos y que sólo desea que la dejen en paz. Así que cualquier persona decente –viene a decir esta forma de pensar– debería desmarcarse de la Navidad y criticarla y desacreditarla.

Contra lo que pueda parecer, esta visión negativa está teniendo mucho éxito. Cada vez es más difícil oír a alguien que se atreva a decir que le gusta la Navidad, a no ser que se trate de alguien que hace publicidad institucional o que intenta vendernos algún producto navideño. Porque lo cool, lo trendy, es justo lo contrario: aborrecer la Navidad por ser una fiesta que se olvida de los pobres y de los solitarios y que santifica el consumo y el derroche. «Cada vez que os hartáis de comer y beber –nos dicen estas voces acusadoras, con una rabia que recuerda la de los profetas bíblicos– hay alguien que muere de hambre o que sufre guerras y catástrofes. ¿Y qué pasa con los refugiados, con los pobres y los desahuciados, con los que no tienen familia y con todos los que lo están pasando mal? ¿Y qué pasa con los que tienen otra fe y ahora se sienten excluidos y burlados? ¿Por qué no os acordáis de ellos? ¿Por qué los olvidáis? Sois unos cerdos que os atiborráis de comida y bebida mientras la inmensa mayoría del planeta vive en la pobreza más vergonzosa. Ah, cochinos burgueses, algún día pagaréis por todos vuestros excesos. La hora de la venganza está próxima. El Apocalipsis os engullirá muy pronto, insensatos».

Pobre Navidad. Del mito del niño que nació en un pesebre –lo más parecido a la suerte que correrían ahora los refugiados– casi no se acuerda nadie. Del mito que establece una maravillosa comunión entre animales y humanos, todos unidos en una misma celebración, todos sagrados, tampoco se acuerda casi nadie. Y tampoco del mensaje navideño, que es justamente un mensaje dirigido a los que más sufren y a los que menos tienen. Esta Nochebuena, en la misa del gallo, una maravillosa monja africana pidió justamente por los refugiados y por los desahuciados, por los que padecían la guerra, por los pobres y solitarios, por todos los que no tenían nada. Y luego esas mismas monjas cantaron en swahili para toda esa gente, con una música tan hermosa que parecía haber sido compuesta por los mismos ángeles. Ninguno de los poderosos del mundo dirá jamás estas cosas, en ninguna celebración se hablará tanto de los que sufren y no tienen nada, en ninguna otra se repetirán las palabras más hermosas que hemos inventado los seres humanos –amor, paz, generosidad–, pero todo esto da igual: la Navidad es una fiesta hipócrita y consumista que cualquier persona inteligente o decente debería odiar.

Sir John Betjeman se reía en un poema de las horribles sales de baño y de las abominables corbatas que se regalan en Navidad, pero también se preguntaba qué mito humano podía compararse al mito del niño dios nacido en un pesebre. Y por mucho que sea cierto que la Navidad es un invento comercial, en el que Charles Dickens y sus historias tienen mucho que ver, ¿hay mejores historias que las de Dickens? ¿Tenemos algo mejor que ofrecer, algo más hermoso, más esperanzado que el mito de la Navidad? ¿Tenemos mejores ideas, mejores alegorías? ¿Hemos sido capaces de inventar algo que sea más convincente? ¿Y qué podemos ofrecer en su lugar? Por mucho que busquemos, no tenemos nada que pueda compararse con la idea del dios que quiso nacer en un pesebre para salvar a todos los humanos.

Sería estúpido renunciar al legado de la Navidad sólo porque su celebración pueda parecer hipócrita o consumista. En tiempos de oscuridad, en tiempos de crueldad y fanatismo, en tiempos de precariedad económica y desconcierto generalizado, apenas tenemos fiestas que apelen a lo mejor de los seres humanos y al deseo del mayor bien para los demás. Y eso es la Navidad: ese poso compartido de alegría y de hermandad que de repente sabemos que es nuestro y que nunca nos podrá ser arrebatado. Todo eso, todo eso. Feliz Navidad.

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