En solo 725 palabras...

La noche del 24

27.12.2016 | 21:01

El veinticuatro cené temprano y ligero, como el primavero en flor, que habría escrito «el noi del Poble-sec» si antes de escribir «Qué va a ser de ti» se hubiera excedido en sus devaneos lujuriosos con el tinto. Grande Serrat. Tras la cena salí a deambular. Mi intención era mirar y ver. Y a eso me dediqué.

La noche era clara, el viento ausente, como las estrellas que cansadas de las luces citadinas se esconden cuando la ciudad se enciende. Es probable que las estrellas no quieran salir en la foto fija de la tropelía que seguimos perpetrando con la Pacha Mama. Pero esto cambiará pronto: Mister Trump, que no es un quídam, está llegando... Jindama me da don Donald en su papel de presidente de los Estados Unidos de América. Manda carallo, que dicen en A Pobra Do Carmiñal. Por cierto, curioso el nombre y apellido del señor Trump: de nombre el de un pato entre bondadoso y fracasado, y de apellido uno que, dependiendo de la oración, tanto significa triunfo como artificio y manipulación. Cucha, qué cosa, oye...

La calle aún no era una fiesta, pero prometía... Para suplicio de los animales irracionales y de los racionales más sensibles, a lo lejos, acercándose, sonaba el tronar artillero de los quemapólvora aficionados al petardeo nocturno. Doblé la esquina huyendo del ruido y casi me doy de bruces con un señor que, elegantemente desaliñado, pretendía interactuar verbalmente con el voladizo de una azotea:

–Conéctame maldita. Te lo repito, el usuario soy yo, el password es Mari Puri –le balbucía al voladizo de la azotea

–Conéctame ya, maldita wi fi harta de anís... –le gritaba desesperado al voladizo, mientras con su dedo índice «pulsaba» una y otra vez sobre su sien derecha.

El personal iba llegando en aluvión y amontonándose frente a la puerta principal de la iglesia. Por el flanco sur, subiendo las escaleras a buen paso, acerté a distinguir a un gallo erguido y orgulloso que o iba a oírla o era el mismísimo oficiante de la misa que parecía esperar la multitud de la puerta. ¿Qué podría hacer, si no, tamaño gallo en una iglesia a las once cuarenta de la noche de un veinticuatro de diciembre...? Entre el gentío había de todo. Allí estaban Spiderman, Batman, Flash, Supermán, los Cuatro Fantásticos..., todos eran locos bajitos hiperactivos y ruidosos. Entre los instrumentistas estaban el panderetero, el zambombero, el almirecero, el cascabelero y el rascador de botellas de Anís del Mono. Los coristas, que eran multitud, iban de la jota al pasodoble en el bucle sin fin de un cascado popurrí. Había gente de todas las edades y complexiones. Políticos había tantos que hasta había un par de ellos del partido que próximamente verá la luz. Turísticos solo había dos, en la acera de enfrente. Ambos personal de la élite turístico-pública, es decir, transeúntes amateurs del oficio; técnicos tocados por el dedo del dios de cada uno, que pretende poderlo todo.

De repente, el ruido característico de las persianas de entrada a los locales públicos sonó. La peña enmudeció y, girándose, salió en tropel... Aquello fue una turbamulta suma cum laude. El reloj había tocado a rebato. Acababan de sonar las cero horas del día veinticinco y el bar de copas que hay frente a la iglesia estaba abriendo sus puertas. La escena fue como un embarque de Ryanair en estado puro. O sea, un despropósito demostrativo de la peor rebelión de las masas. Los dos turísticos transeúntes, perros viejos en la bulla funcionarial y en el navajeo político, fueron los primeros en entrar. Cuando llegó la basca los dos turísticos transeúntes estaban cómodamente sentados.

Ya volviendo a casa pude ver cómo el señor que pretendía conectarse mentalmente a la wi fi harta de anís seguía en el intento, y cómo, desde la escalera de la iglesia, un sacerdote y el gallo que antes había visto entrar, ataviados ambos con el alba y la casulla litúrgicas, miraban atónitos al bar de copas. Al pasar, nítidamente escuché cómo el gallo le decía al sacerdote:

–Padre, esto ya no es lo que era...

Y yo, sobresaltado, me volví para verle bien la cara al gallo... Pero no, el sacerdote y el gallo no se parecían en nada. Lo de llamarlo padre hubo de ser por el sacerdocio, supongo.

Veremos que nos depara la noche del 31...

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