Las siete esquinas

El árbol del esqueleto

07.01.2017 | 19:22

scribo esto escuchando el terrible, desolado y hermosísimo Skeleton Tree de Nick Cave. El año pasado nos dejó dos discos enormes, éste de Nick Cave y el último álbum de Leonard Cohen, You Want It Darker, quien en cierta forma fue el maestro „o uno de los maestros„ de Nick Cave. Los dos discos son discos marcados por la muerte y compuestos en presencia de la muerte. En el caso de Cohen, porque lo grabó sabiendo que estaba muy enfermo y le quedaba muy poco de vida. Y en el caso de Nick Cave, porque en julio del 2015, un año antes de grabar el disco, su hijo Arthur „de quince años„ se mató al caer por un acantilado cerca de la casa familiar en Brighton, en el sur de Inglaterra. El chico había tomado LSD en un prado cerca del acantilado, y la mala suerte quiso que tuviera un mal viaje que derivó en un ataque de paranoia y en una caída accidental contra las rocas. Era la primera experiencia del chico con el LSD.

Casi todas las canciones del disco de Nick Cave estaban compuestas antes de la muerte de su hijo, pero se grabaron cuando el músico vivía la indecible desolación de saber lo que había pasado con aquel mal viaje de ácido. Y en el caso de Nick Cave, todo debió de ser más doloroso que una muerte por enfermedad o por accidente porque el padre tuvo que intuir „estoy seguro„ que su hijo había intentando imitarle cuando se tomó aquel tripi cerca del acantilado. De todos es bien sabido que Nick Cave fue heroinómano durante quince años hasta que tuvo hijos y dejó las drogas. Y una buena parte de la simbología de sus canciones se asienta en los conceptos de la autodestrucción y el pecado y la redención. Y por muy doloroso que fuese, tuvo que darse cuenta de que su hijo, al tomarse aquel ácido, le estaba mandando un mensaje: «Mira, papá, yo también puedo ser como tú». En cierta forma, el hijo quería emular al padre y demostrarle que también podía ser tan transgresor y arriesgado como él mismo había sido en su juventud. Sólo que el padre salió indemne de la prueba, mientras que el hijo sufrió un accidente estúpido y murió cuando intentaba, a su manera, empezar a hacerse adulto pareciéndose a su padre.

Nick Cave debió de sentir la muerte de su hijo como si de algún modo fuese responsabilidad suya. Primero, porque todos los padres se culpan de la muerte de sus hijos. Y segundo, porque está claro que el hijo pretendía emular a su padre cuando hizo lo que hizo, y de alguna forma inconsciente intentaba hacerse digno de su aceptación (todos los adolescentes suelen actuar así). Lo trágico fue que el hijo, en vez de emular al buen padre de familia que era Nick Cave, y en vez de centrarse en la figura de un padre normal que le llevaba al cine y le ayudaba con los deberes del colegio, prefirió tomar como ejemplo la leyenda borrascosa del padre que había hecho de todo y que lo había resistido todo, y fue a ese otro padre al que intentó parecerse. Y eso, repito, es algo que el padre tenía que tener muy presente cuando grabó el disco. Todas las canciones son tan lúgubres y tan desconsoladas que la voz de Cave parece a punto de estallar a causa de una fuerza incontrolable. Y los arreglos „espectrales, sombríos„ hacen que haya canciones que resultan muy difíciles de escuchar porque a veces la música suena como si fueran unos cables eléctricos a punto de provocar una descarga. Pero aun así, hay una canción –Distant Sky– que alcanza una especie de beatitud, como si estuviera llena de esperanza y de luz; o mejor dicho, como si estuviera compuesta cuando su autor era misteriosamente consciente de la existencia de la esperanza y de la existencia de luz, aunque él mismo no pudiera disfrutarlas en ese momento ni en los muchos momentos que le seguirían. De algún modo inexplicable, es como si el padre le estuviera diciendo al hijo: «Mira, hijo, aquí estoy, si caes te sostendré; si mueres, yo estaré a tu lado».

Por mucho desconsuelo, por mucha amargura que haya en el disco „y la hay, y en qué medida„, esa canción posee la belleza de La muerte y la doncella de Schubert o de las Canciones para niños muertos de Mahler. Y repito que en esa canción hay esperanza –no se explicar por qué, pero la hay–, porque la música deja de repente de ser un lamento mortuorio y se convierte en algo más, en una especie de liberación o de cura o de milagro que de pronto se hace presente y lo ocupa todo. Y en ese momento, mientras avanza la canción, el arte recupera el sentido que siempre ha tenido desde los tiempos de los hechiceros y los chamanes del Paleolítico, cuando unas palabras tarareadas o una calabaza llena de semillas servían para convertir el dolor en una especie de terapia que lo trascendía y lo invalidaba y acababa anulándolo. Y así, Distant Sky se convierte en uno de los más hermosos lamentos fúnebres que se han compuesto en nuestra época. Y por cierto, yo creo que esta canción es la que Nick Cave compuso después de la muerte de su hijo. No tengo ninguna prueba, claro está, pero me atrevo a pensar que es así: la más luminosa y la más bella de todas sus canciones es la que escribió justo después de la muerte de su hijo en el acantilado.

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