Cuaderno de mano

El astillero de los naufragios

08.01.2017 | 05:00

El año ha cambiado de alas pero no deja de tener pájaros heridos. Sus edades se suman de la pobreza, del paro, de la pérdida de su refugio y de los estragos de las adicciones, sin que sepamos qué hay detrás de sus nombres a ras de tierra. Las encuestas higiénicas y las políticas sociales los consideran cifras caídas en rojo a la puerta de una solidaridad siempre esforzada y humilde. Pan para hoy y hambre para mañana. Ayuda dependiente de subvenciones escasas o inexistentes de las instituciones públicas cuyas arcas no llegan. También de las empresas privadas cuyo balance de beneficios no echa en su mayoría cuentas de la economía emborronada que acumula ceros a la izquierda. La solidaridad empresarial no hace caja ni cultura, a no ser que se la pueda desgravar y muchas veces ni con eso. Pero en la esquina de la rutina que usted y yo cruzamos, a jornada descubierta, esas cifras deducidas del paraíso y del predicado -sin el que no existe el sujeto- son personas humanas con un nombre a pie de un tiempo adosado a la falta de trabajo, de pan, de calor y una sonrisa. Lo más eficaz contra el frío del corazón y el trébol de cuatro hojas en cuya existencia educamos a la infancia en un sueño con hipoteca, número clausus y brumas, sin advertirles de que ningún esfuerzo es exacto en su resultado. Ni en quiénes son sacrificables y quiénes no. Tampoco en que nadie es inmune a las tormentas con las que la existencia nos solloza y nos hunde. Una borrasca económica, los acantilados afectivos, una posición de derrota equivocada, el azar desabrigado de viento dejan a la deriva y a la zozobra la línea de flotación. Es normal que suceda entonces el naufragio que convierte a cada prójimo en un pájaro entre las olas.

No es difícil saber qué ocurre después. Los excluidos y semejantes, los semejantes y olvidados, los invisibles y semejantes se esparcen como pueden o se dejan llevar entre los ángulos muertos de la ciudad y los oasis sociales en los que calientan el dolor enquistado en el estómago, el leve peso con el que seguir cargando su esperanza estéril y sin letra la mirada. El imaginario de la fotografía nos los recuerda americanos del 39; los extravía en sepia en la memoria de nuestra posguerra; y los esconde de nuestras noches actuales dentro de los albergues en los que cruje el humo de sus vidas quebrándose a velocidad inmóvil entre la extenuante derrota y el alacrán del sueño alcoholizado. Cuchara, sopa, manta y catre. El alivio exprés para el naufragio del paro que cada día revive su eco. Ocurre en la mayoría de las ciudades, a pesar del voluntarioso socorro de esos hogares de tránsito en el que no hay tiempo para desenredar a los pájaros del viento que los embriaga y despeña cielo abajo.

Estos días he conocido un astillero de los naufragios. Se llama Comedor de Santo Domingo, y de primero se sirve otra oportunidad. Dar de comer es la excusa para conocer los dramas de cada persona y ayudarla a mudar de actitud y después los desperfectos y los vacíos. Cada uno es capaz de salvarse a sí mismo, si se le sabe escuchar activamente para que se sienta persona. Es el comienzo fundamental para motivar en la autoestima, en el respeto y en la posibilidad de resolver la ecuación de su vida con una serie de actuaciones como el apoyo psicosocial, la mediación familiar, los cursos de formación o el acompañamiento para la obtención de ayudas económicas. Este es el programa de María Ángeles Martin, la contable que 24 años atrás fue despedida de su empleo y se hizo voluntaria de esta antigua escuela del laberinto de la Trinidad al que pertenecen las penurias que nunca pasan de moda. Bajo su techo los excluidos aprenden ahora la tabla de sumar esperanzas, el lenguaje de los afectos, la historia de los que salieron adelante.
Un año más tarde esta mujer dulcemente pasional en la convicción de su trabajo, que ilusiona y contagia, tuvo una buena oferta de trabajo pero decidió rechazarla para quedarse trabajando junto al anterior responsable en este barrio orgulloso de sus raíces obreras y sus cicatrices, zurcidas y a medias saneadas. No sabía entonces que en lugar de ser gestora de una autoescuela se convertiría en directora de vidas. Unas 200 a diario, malagueñas, musulmanas y de otros lugares y culturas, a las que se ofrece desayuno y comida en tres turnos, gracias al apoyo de los 70 voluntarios anónimos que preparan el menú de tres platos, las cajas numeradas en función de las fichas personales que se reparten a las familias con hijos pequeños, a los que evitan que acudan a las colas y crezcan con una imagen marcada. Otros se encargan de la limpieza, colaboran en la cocina que huele a sustancia cariño, enseñan a leer y a escribir como hizo un maestro jubilado, o tienden la ropa de los que están acogidos en las dependencias de Santo Domingo, igual que la decana Pilar con 25 años sin querer salir en ninguna foto que reconozca su labor. También administran las medicinas virales para los que han optado para la rehabilitación. Todos tuvieron el viernes pasado una bolsita con 3 pares de calcetines, cepillo de dientes, dentífrico, cuchillas de afeitar y un rey de chocolate.

La conciencia está dormida. No hay SOS que la despierte. El confort de su sueño es profundo. Quizá porque suele absolverse a sí misma con la cortada de la limosna. Un grillete invisible que condena a la pobreza a la picaresca, a no respetarse y aceptar la derrota fácil de ser el taciturno abatimiento de uno mismo. Tal vez la causa sea que la sociedad no se interroga acerca de la parte de responsabilidad que tiene en el aumento de pájaros con las alas rotas.

Explicaciones que avalan el descenso en un 30% de las donaciones mensuales; que pasadas las navidades la gente apenas se acuerde de las necesidades del resto del año o de la escasez del verano; que las cuotas no asciendan de los mil contribuyentes que mensualmente apoyan al Comedor de Santo Domingo en la C/C ES27 21033029163300022120; que además de garbanzos, lentejas y arroz, la leche y el aceite son muy importantes. Tres comidas diarias para 200 personas exigen un presupuesto con el que colabora el Ayuntamiento con un 15%, la Junta con el 25%, la Caixa con 8.500 euros en una tarjeta para adquirir comida, y Mercadona regalándoles la verdura.
Cualquier ayuda es poco. Toda es bienvenida. Hasta la de los manitas capaces de arreglar enchufes, una avería de la lavadora, el asa de una olla, el tirador de una puerta, los desperfectos cotidianos que dos veces al año, desde hace unos años, revisa y apunta severa una Inspectora de Sanidad que seguramente ignora cómo se logra y cuánto cuesta devolver la dignidad a las personas en riesgo de exclusión social. Conseguir que sus naufragios sean reparados con paciencia y ternura, que la confianza y el esfuerzo sean parte primordial de sus efectos personales, y que haya matrimonios que ahora trabajan en los campos de la Axarquía; familias que se ha mudado a otras ciudades con un contrato laboral y la esperanza recuperada; ex toxicómanos felices dedicados a arreglar las bicicletas de los niños.
El gobierno inicia el año subiendo la luz de la supervivencia y calcula cómo recortar gastos, sin que se note mucho que vuelve a subir la marea y su amenaza. El cielo parece azul pero apenas se escucha el canto de las alas jugando con el aire. Ni en domingo cierra el astillero de los naufragios. En su puerta de calle Pulidero también hacen cola los pájaros.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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