De buena tinta

Debajo de mi manto

09.01.2017 | 05:00

Me tengo por una persona moderada. A veces, me dicen que en exceso, lo cual me ha causado más de un debate incómodo. Y el caso es que, junto a esa querencia por evitar el conflicto, también he confraternizado desde siempre con las ideas de proporcionalidad y de equidistancia valorativa. Y resulta que, con el paso de los años, uno se va dando cuenta de que ese gusto por la racionalización de la mesura debe de ir acompañado de una serie de circunstancias que permitan llevarla a cabo en plenitud. En concreto, por ir aterrizando, pero sin tocar suelo aún, la proporcionalidad precisa una valoración previa, así como ciertas condiciones de serenidad y, claro está, algo de tiempo. Y, ahora sí, tomemos tierra. Hace poco leía en la prensa que el último balance de criminalidad publicado por el Ministerio del Interior reflejaba que en Málaga capital, entre los meses de enero y septiembre del presente año, los asaltos en inmuebles habían aumentado un 37,4% en relación con el mismo periodo del ejercicio anterior. Y el caso es que el dato me pasa rozando porque, hace unos meses, asaltaron una de las viviendas del bloque en el que padezco esa fatídica dolencia que la Ley de Propiedad Horizontal ha tenido a bien llamar comunidad de propietarios. Cuando los afectados, mis vecinos, me lo comentaron, yo esperaba hallar en el relato cierta sofisticación en lo que al procedimiento se refiere. Pero, por lo visto, allí no estuvo Tom Cruise con cables de acero y arneses para esquivar entramados de rayos láser. Todo fue bastante más hispano. Rústico, pero eficaz. Butrón en la puerta y andando. Y al final, demos gracias a Dios porque los propietarios del inmueble no se hallaban presentes. Pero, ¿y si se hubiesen encontrado dentro de la vivienda en el momento del allanamiento? En esos casos, y aquí es donde los perros entran en danzas, es donde yo me planteo hasta qué punto se puede exigir en caliente la perfecta racionalización del medio empleado en la legítima defensa. Esta puntualización no es otra que la segunda condición que el artículo 20.4 del Código Penal español exige para poder eximir de responsabilidad criminal a quien obre en defensa de derechos propios o ajenos frente a una agresión ilegítima en la que, además, concurra falta de provocación suficiente por parte del defensor. En definitiva, el tema viene a concretarse en el viejo debate sobre el empleo debido del uso racional de la fuerza. Y dicho así, bien es cierto que tal cuestión, sobre el papel, no me plantea demasiadas controversias. Queda claro que si un niño de diez años pretende robarnos la cartera resultaría indubitadamente desproporcionado dispararle a bocajarro para impedírselo. Pero, normalmente, la vida y los asaltos no se concretan en supuestos tan clarividentes. ¿Qué sucedería si en la casa donde vivo con mi mujer y mis tres hijos entraran a media noche dos encapuchados con machetes y el buen Dios me concediera el tiempo preciso para sacar el arma de fuego que pudiera tener o no escondida debajo del colchón? ¿Hasta qué punto puede la legalidad exigirme, en caliente, una gélida ponderación acerca de si el uso del arma de fuego resulta proporcional frente a dos intrusos portadores de arma blanca? ¿Debería intentar huir? ¿Apuntar a una pierna? ¿Hacerme el dormido? No tengo soluciones, pero no puedo evitar decirles que me resulta complicado dejar paso a la mesura en ciertos casos. ¿O no es acaso la casa, la morada, uno de los bienes más preciados de la persona en tanto que significa el espacio donde habita su interioridad, su intimidad y sus seres queridos? ¿No precisa este bien jurídico y sus aledaños de todas las eximentes que, por actuar en su defensa, pueda irrogarle el ordenamiento jurídico? En fin... Tampoco es que me vaya el estilo americano, donde primero se dispara y luego se pregunta. Pero así, sin pensarlo mucho, y dejando el debate totalmente abierto, les confieso que se me insinúa en el pensamiento aquel viejo refrán que Cervantes utilizó en el prólogo del Quijote: Debajo de mi manto, al rey mato. O como se decía en una de las últimas escenas del Casino de Scorsese: ¿Por qué arriesgarse?

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