Tribuna

La falta de certezas como hábitat natural

Bauman describió con lucidez los rasgos del mundo contemporáneo

10.01.2017 | 22:43

Aquel «todo lo que era sólido se desvanece en el aire» del Manifiesto Comunista se transformó con Zygmunt Bauman en la «modernidad líquida». Bajo el nexo común de los estados de la materia, ambas descripciones de dos tiempos separados por siglo y medio, constatan el desvanecimiento de un entorno en apariencia consistente, en el primer caso por la presión de una fuerza que avanza hacia su consumación histórica y en el segundo por una mutación de la modernidad, que pierde todos sus referentes ilustrados para alumbrar un mundo imprevisible y asistemático. La de Bauman, crecido intelectualmente en el marxismo, militante comunista antes de dejar su Polonia natal, es una metáfora explicativa de enorme potencia visual. La «marca líquida» proporcionó a su autor, en el último tercio de sus días, una relevancia pública más allá del mundo académico. En tiempos en que las vidas se consumen rápido y cumplir años es una forma de volverse irrelevante, Bauman fue un anciano mediático que mantuvo su lucidez hasta el último momento, sostenido por una proliferación editorial en la que, en distintos formatos, en solitario o acompañado, se adentraba en todos los aspectos de ese mundo líquido. En España acaba de publicarse Extraños llamando a la puerta (Paidós) una reflexión sobre el impacto de la oleada de migraciones. Lejos su marxismo primigenio, el pensamiento del «sociólogo de la posmodernidad», como fue definido, se asimila al modelo al que intenta acercarse. «Quien lea a Bauman ha de perder el hábito de buscar consistencia o sistematicidad en sus escritos», rasgos todos muy posmodernos, pese a los cuales «su sociología es coherente», apuntaba Helena Béjar en Identidades inciertas: Zygmunt Bauman (Herder, 2007). Frente a una «modernidad sólida», marcada por la fe en el progreso y la confianza en la universalidad de las certezas, los «tiempos líquidos» constituyen la negación de esos supuestos que durante décadas sostuvieron la posibilidad del cambio. En el «mundo moderno líquido» nada «se mantiene inmóvil ni conserva mucho tiempo su forma», constata Bauman. De ahí el origen de tanto desconcierto social, de las vidas rotas por lo imprevisible, de la necesidad de surfear sobre transformaciones que rompen con aquello que se consideraba esencial. Ya nada es para siempre ni siquiera el futuro que "una vez diseñado necesita ser montado y desmontado continuamente». Incluso la propia identidad se vuelve cambiante «en un mundo insultantemente incierto», una identidad que también construimos de continuo sobre «los únicos refugios de certidumbre»: los logos, las marcas, el consumo... Esa falta de asideros funciona como nuestro empuje personal. «La incertidumbre es el hábitat natural de la vida humana, si bien la esperanza de escapar a esta incertidumbre es el motor de nuestra búsqueda vital», escribe. Pero Bauman, un referente para muchos de los movimientos alternativos que proliferaron ante la hecatombe del sistema, no es un teórico de la desmoralización. Hay salidas, como descubrir y purgar el vacío de las falsedades que encubre la «modernidad líquida».

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