De buena tinta

Las baterías de Pikachu

16.01.2017 | 05:00

E mundo ha cambiado. Sirvan de muestra mis hijos, que están en edad escolar. Pero podrían ser los suyos, caballero, o los de usted, señora, que tienen los mismos años y también campan por los colegios y las plazas de Málaga cazando pokemones. Yo, como padre, padezco una inevitable tendencia a ofrecer y a sugerir a mis criaturas el disfrute de todo aquello que me entusiasmaba en mi niñez. Pero claro, ya llovió, como cantaba Sabina, desde aquel chaparrón. Y es que, aunque yo sólo haya conocido a un único partido al mando de la Junta de Andalucía, no se confíen. Aderezan mis años de vida dos reyes de España y tres papas. Y esto, para la gente pequeña, supone un salto generacional y una carga histórica importante. No sólo en lo que a las diferencias sobre gustos se refiere, sino también respecto de aquello que nos cuestiona. Mi hijo mayor, por hacerles ver lo general a través de un pequeño ejemplo, se sorprende de que Mortadelo sea capaz de cambiar de disfraz entre viñetas porque concibe como insuficiente el lapso temporal que, según él, debiera mediar entre cada una de ellas. Por supuesto, tampoco alcanza a comprender cómo es posible la multiplicidad de variantes y el repertorio del que hace gala. Sin embargo, extraña incoherencia, no se cuestiona que un Pokémon sea capaz de metamorfosearse y, además, reducir su tamaño para ubicarse dentro de una pokeball hasta que a su dueño le plazca volver a convocarlo para que entre en combate, lo cual puede suceder en días, meses o años. Por mi parte, alguna que otra vez, he querido hacerle ver que en aquellas bolas no hay espacio ni oportunidad para que el Pokémon pueda comer, beber o realizar cualquier otro tipo de necesidad fisiológica básica. Pero vaya, tampoco quiero desmontarle iconos porque sí. Todo se andará. Siempre hay oportunidades. Como cuando se me presentó con una estampa del Pokémon Pikachu. Lo que a mí me pareció identificar como una liebre feliz con ictericia resultó ser una variante de conejo capaz de generar electricidad a través de sus mejillas y canalizar su expulsión a través de la punta de la cola. Un arma de guerra, en definitiva. Pero claro, como la clasificación de estos bichejos gira en torno a unas explicaciones pseudocientíficas con diferentes tipos, subtipos y evoluciones, todo les parece normal a los críos. Y es por ello, por la inquietud que les provoca la carencia de estas justificaciones, por lo que el otro día me asaltaron diciendo que por qué la Pantera Rosa era rosa, que eso no se lo creía nadie y que algún sentido debía de tener. Yo les dije que aquella pantera había sido rosa siempre y que no había una explicación más allá de disfrutarla tal cual era. Pero mi discurso no aportó la tranquilidad deseada. A la vista de aquel bloqueo infantil les comenté que el color rosa se debía a una mutación o alteración genética similar al albinismo, pero más chic, y que provenía de un virus llamado glamour. Y, esta vez sí, lo dieron por bueno. Pero todas estas discrepancias relativas a los personajes que circundan el ocio de mi generación y la de mis hijos no serían más que simples reflexiones comparativas si, verdaderamente, uno no quisiera ir más allá. Y al final, la conclusión que irremediablemente me asalta es que gracias a los Mosqueperros llegué a leer la obra de Dumas. Al igual que debo al Holmes de Miyazaki poder explicar a cualquiera quiénes son el profesor Moriarty o el inspector Lestrade. Y así, del mismo modo, también llegué a saber del hambre de la posguerra española con el Carpanta de Escobar. O que Willy Fogg, el Phileas de Verne, pertenecía al Reform Club. Y es a la vista de todo esto por lo que incuestionablemente pienso que sí, que hay que insistir un poco más en lo de antes. Porque bien es cierto que me río mucho cuando veo con mis hijos El fabuloso mundo de Gumball, pero aquello no es más que una risa del momento, sin semilla, sin proyección y que se agota en sí misma. Como las baterías o lo que sea con lo que se recargue Pikachu.

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