Las cuentas de la vida

Cisma en Podemos

16.01.2017 | 05:00

Si, como rezaba la vieja divisa medieval del obispo de Winchester, las buenas maneras construyen al hombre, cabe sopesar la madurez política de un pueblo por el uso que hace de los modales parlamentarios. Así, entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se abre un abismo que va más allá de las distintas formas de graduar los matices. Después de dejar atrás las pugnas semiclandestinas por el control de su partido, y ya en claro enfrentamiento, Iglesias simboliza el arcaísmo de una política que se aleja voluntariamente de cualquier tipo de consenso, para alimentar un permanente estado de precampaña. En realidad, se trata de una trumpización de la política que encontró sus primeros reflejos en Europa antes que en los Estados Unidos. En las cartas de navegación del líder de Podemos, el puerto de destino no es otro que la destrucción del PSOE, porque sabe que la única posibilidad que tienen los morados de llegar a la Moncloa pasa por la descomposición socialista. Sin factores de estabilización desde la izquierda que funcionen como un dique de contención ante los extremismos, la mayoría social perdería su eje en el centro y se desplazaría hacia sus fronteras externas. El ejemplo catalán resulta paradigmático: sin el catalanismo moderado, la centralidad se ha trasladado a los extremos, de modo que partidos hasta hace unos años marginales se baten hoy claramente por la hegemonía política. Si Iglesias reivindica la divisa de las emociones populistas, Errejón al menos busca el prestigio del debate razonado que define al parlamentarismo moderno. Seguramente, con un liderazgo errejoniano, Podemos habría aceptado un diálogo franco con el PSOE sobre la base del pacto previo con Ciudadanos. En ese caso, el giro a la izquierda de la política española no hubiera perdido el sustrato de la realidad, que viene definido por Europa y por la cultura social e institucional del país. Reivindicar un Estado del Bienestar más generoso, unas instituciones más independientes o mejores políticas de equidad social no entra en conflicto con el sistema parlamentario, pero sí con la liquidación por derribo de un modelo exitoso hasta hoy de convivencia. Con el obispo de Winchester diríamos que los buenos modales articulan una sociedad, mientras que la ausencia de modales y de respeto nos convierte a todos en potenciales amigos o enemigos, no en ciudadanos de una patria común y sujetos, por tanto, a unas leyes generales. Casi con toda seguridad, sin la presencia de Iglesias ahora gobernaría en España Pedro Sánchez. Es probable que, en ese supuesto, Albert Rivera e Íñigo Errejón fueran ministros de un gobierno que representaría, teóricamente, sensibilidades encontradas, pero que actuaría con la ejemplaridad del diálogo y el consenso. Una coalición amplia de centroizquierda habría actuado como un factor de equilibrio a falta del bipartidismo parlamentario, mientras se normalizaba el funcionamiento del país y se depuraban las corruptelas. Podemos, en cambio, optó por el enfrentamiento, persiguiendo un sorpasso en las generales de junio que no llegó a producirse. Al tomar esa decisión, no sólo siguió atomizando el espacio de la izquierda, sino que dejó libre el carril central para que lo reocupara el Partido Popular. Hoy quien domina el tablero es de nuevo Mariano Rajoy. Entre los objetivos actuales del PP no cabe duda que se encuentra recuperar al PSOE y tratarlo con el mimo suficiente para evitar que se descomponga. A cambio de una gran coalición pública, hay que colegir con Manuel Arias Maldonado que conservadores y socialistas han optado por "realizar en la práctica aquello que se niega en el discurso"; es decir, negociar, acordar y dotar de estabilidad al país, en espera de tiempos mejores. Se trata de un ejemplo de madurez muy superior al que nos ofrecen otros partidos. Las formas, los modos, las costumbres y el estilo construyen al hombre y a la sociedad. Tomar decisiones exige siempre saber distinguir el ideal personal y lo posible, la utopía irreal de la perfección y la saludable imperfección de la realidad. Como país, España necesita recobrar el sosiego de los buenos modales, la tranquilidad de lo previsible y el dinamismo de las reformas marginales, pequeñas y fructíferas. Todo lo contrario del maniqueísmo propio de una sociedad que se desea dividida. Parece legítimo sospechar que entre Iglesias y Errejón hay alguna diferencia que va más allá del matiz.

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