Tribuna

La ley Tuchman

16.01.2017 | 05:00

El enunciado de esta ´ley´ responde a las conclusiones de Barbara W. Tuchman, historiadora y periodista norteamericana, fallecida a finales de la década de los 80 del siglo pasado. En uno de sus libros más conocidos (Un espejo lejano), en el que analizaba situaciones calamitosas de su época que provocaban alarma social, invitaba a sus contemporáneos a compararlas y ver que no son muy diferentes de las sufridas en épocas pretéritas; en el fondo advertía sobre la manipulación informativa.

Creo que es una introducción interesante para poner sobre el tapete los sucesos que se describen -como noticias- en algunos medios de comunicación y que no son tales, porque son exagerados con toda la intención, cuando no tergiversados, con el ánimo de impactar en la opinión pública. No se pretende con este artículo poner en cuestión a dichos medios y menos aún la libertad de expresión, allá cada cual con su responsabilidad.

En todo caso, parece oportuno reflexionar sobre el alcance que tienen las informaciones que se publican en cualquiera de los medios disponibles. Ya se sabe que no es noticia que un perro haya mordido a un hombre, mejor dicho, que pasaría absolutamente desapercibida, sobre todo si no tiene mayores consecuencias; pero que un hombre haya podido morder a un perro podría acaparar algún titular. La diferencia entre un caso y otro es notable, pero de su descripción va a depender mucho el alcance de su repercusión.

No es necesario ningún esfuerzo para observar cómo la sobrecarga informativa que nos invaden a través de diferentes medios está plagada de miserias humanas (crímenes, secuestros, violaciones, atracos, guerras, accidentes de todo tipo, etc.), sin perjuicio de negros presagios sobre la situación socio-económica (crisis, paro, pobreza, desigualdad, etc). Son impactos negativos que generan un estado de malestar, que nos induce a pensar que la situación que vivimos está peor que nunca y con tendencia a empeorar.

Un elemento determinante de esta influencia perturbadora es el sensacionalismo, como elemento inspirador -entre otros- del principio de que cuanto peor, mejor para los oscuros intereses de quienes la fomentan. Difamar, invadir la intimidad, publicar fotografías o vídeos comprometedores, reproducir expresiones fuera de contexto para crear estados de opinión desfavorables, etc. forman parte de una oferta compatible con la venta de basura, haciéndola pasar por lo contrario.

Pero poco hay de novedad en lo que queda dicho, no en vano desde tiempos inmemoriales el robo, el derramamiento de sangre y los crímenes, más o menos indiscriminados, formaban parte del curso normal de la sociedad de la época que se trate. Sin embargo, los estudiosos de estas cuestiones concluyen que en la actualidad esos comportamientos -en términos relativos- han disminuido sensiblemente. Obviamente, lo que aumentó ¡y de qué manera! es la caja de resonancia, representada por los diferentes canales de difusión.

Por otro lado parece que existe una propensión natural a dejarnos influir por todo aquello que se sale de lo normal, pero incluso cuando lo normal tiende al esperpento, aunque parezca contradictorio, adquiere una valoración de importancia injustificada y atrae más lectores, más espectadores y en general más público interesado en el desenlace. A fin de cuentas como lo que se pretende es aumentar la audiencia y «el terreno está abonado para conseguir una buena cosecha» (público poco exigente y predisposición para estos consumos), el éxito está garantizado.

Con el ánimo de encontrar mejores explicaciones a lo que vemos y oímos a nuestro alrededor, lo que se conoce como prensa amarilla puede estar el auge más reciente de este tipo de situaciones y de sus enseñanzas se han nutrido y lo siguen haciendo quienes pretenden influir -de forma perversa- en la opinión pública. Ocurre que esas informaciones interesadas, tergiversadas o incluso inventadas tienen hoy una capacidad de difusión casi ilimitada a través de las redes sociales, con un aditivo novedoso que actúa como acelerante: la inmediatez y lo que aún es más negativo, desde el anonimato.

Los expertos en la manipulación de la información, tanto a nivel masivo (por ejemplo para obtener apoyos populares), como a nivel más doméstico (para captar más clientes o pacientes, según se trate) conocen bien las técnicas de persuasión y saben que cuando los hechos son o parecen más impactantes su relevancia, curiosidad e interés aumentan. Así todo está dispuesto para un ´consumo´ masivo, en un entorno de libertad sin barreras.

Distinguir la realidad de la ficción, por no decir el engaño puro y duro, no es una tarea tan sencilla y menos aún cuando no somos capaces de poner filtros o límites, no tanto para discriminar lo auténtico como para prescindir de lo que no interesa. Digerimos la información que nos llega con la misma facilidad que satisfacemos cualquier necesidad básica, casi de una forma automática e involuntaria.

Esto último es especialmente grave cuando se trata de cuestiones que despiertan una especial sensibilidad, porque tocan aspectos emocionales básicos, promoviendo acciones solidarias que luego se ven defraudadas y provocan reacciones negativas respecto de las iniciativas auténticas; la consecuencia: pagan justos por pecadores. El caso de la niña (Nadia), afectada por una enfermedad rara, es un ejemplo muy reciente.

La Sra. Tuchman no trataba tanto de advertirnos de las maldades de este tipo de manejos interesados, como de significar que los sucesos tienen una naturaleza intrínseca, susceptible de interpretación como todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero no más. A pesar de todo, la elección sí que corresponde a los lectores, a los oyentes o a los espectadores en general y, por tanto, también la posibilidad de evitar que se multipliquen sus efectos.LA LEY TUCHMAN

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