Columna abierta

Nación de naciones, "genitivo reduplicativo"

16.01.2017 | 22:40

Urkullu y Puigdemont no estarán en la conferencia de presidentes, por reivindicar para sus comunidades la relación bilateral con el Estado. La reforma del sistema de financiación autonómica, que es el motivo principal del encuentro, carecerá por ello del criterio directo de los vascos y los catalanes, cuyos derechos tendrá que defender el Gobierno central en evitación de un reparto que puedan considerar lesivo. Se entiende mejor en Urkullu por la singularidad del concierto fiscal en vigor, pero Puigdemont seguirá braceando en el caos económico de Cataluña sin pacto fiscal, sin alternativas pragmáticas a la secesión, sin garantías para el presupuesto de 2017 –si es que llega a término– y forzado a una hoja de ruta de muy difícil desenlace. Ya está anunciando que se irá de la política, y es fácil entenderlo. El desplome de la intención de voto a su partido señala un descontento generalizado entre separatistas y unionistas.

Los que pugnan por irse han abusado tanto de la logomaquia «legitimadora» de sus actos a la luz de un derecho a decidir exclusivo, y a despecho de la Constitución, que de su repetición ya dimana un acento patético. La artillería pseudolegal está tan quemada que Francesc Homs ha pasado al insulto y el menosprecio de brocha borda ante la petición fiscal de nueve años de inhabilitación. El Estado español le da asco y del poder político nacional se esconde en los faldones de las togas de los magistrados. Asombroso. Mejor haría moderando el lenguaje para dejarles algo a Mas, Ortega y Rigau cuando la fiscalía del Supremo pida sus penas.

El «estado plurinacional» es un estereotipo vacío porque lo rechaza la gran mayoría de los españoles y, entre ellos, la mitad al menos de los catalanes. La «nación de naciones» se queda en retórica más allá del conceptismo cultural. Es un «genitivo reduplicativo», como el filósofo Gustavo Bueno demostraba, rebelde a todo análisis lógico y político. Pero hay otras oportunidades de articular la diferencia, aceptables por la mayoría española y asumibles por las instancias internacionales. Alemania acaba de decírselo a los secesionistas bávaros. Es lo que debería estar en debate si a Puigdemont se lo permitiera el maximalismo declinante de su partido y la demencia antisistema que le tiene maniatado. Si se sumara a la conferencia de presidentes, quizás lo entendería mejor.

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