Tribuna

Con Bauman se nos fue el último intelectual

17.01.2017 | 20:36

«Todas las relaciones sociales, tradicionales y estereotipadas, con su cortejo de concepciones y de antiguas y venerables ideas, se disuelven; las que las reemplazan envejecen sin haber tenido tiempo de osificarse. Todo lo que es sólido y permanente se desvanece en el aire, todo lo sagrado se profana y los hombres se ven obligados finalmente a abordar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas con ojos desengañados». (Karl Marx y Friedrich Engels, El Manifiesto Comunista).

Mis alumnos de postgrado se hartaban de escucharme diciendo que el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman era el último intelectual vivo. Desde el día nueve de este mes ya no puedo decir eso. Bauman compartía con una larga e ilustre lista de pensadores como Ernst Bloch, Georg Lukacs, Norbert Elias, Theodor W. Adorno, Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Eric Hobsbawm, Karl Polanyi, Hannah Arendt, Walter Benjamin y unos cuantos más, a los cuales habría que añadir algunos artistas, escritores y músicos, una singular trayectoria intelectual característica del pensamiento ilustrado europeo. Todos, siempre con algún matiz en algún caso, eran judíos provenientes del eje centroeuropeo moderno que iba desde Varsovia y Cracovia hasta Viena, pasando por Praga y Budapest; todos tenían en Karl Marx su máximo inspirador, todos sufrieron los horrores del nazismo y las purgas estalinistas, todos pasaron por uno o varios exilios, todos mantenían durante toda su vida un firme compromiso con la emancipación humana frente a las dictaduras del capital, del fascismo y del comunismo y nunca se volvieron conformistas u oportunistas. Eran cosmopolitas, anti-nacionalistas (y anti-sionistas) por naturaleza y sus experiencias y su inteligencia les convirtió también en anti-comunistas. Como bien nos recordó Milán Kundera que todos los comunistas que habían sido ejecutados por comunistas (Stalin solo asesinó más comunistas que Hitler y Mussolini juntos) habían sido denunciados antes como ´intelectuales´. Su interpretación de Marx, con todas sus diferencias y matices, era tan ortodoxa como anti-leninista considerando a Marx como el más radical y consecuente representante de los principios de la Ilustración y de la Revolución Burguesa, empleando la racionalidad crítica para realizar las promesas de libertad, igualdad y fraternidad, tan pervertidas por las sociedades burguesa-capitalistas. A diferencia de los marxistas oficiales, ellos sí habían leído y estudiado en profundidad a Marx, y a Luxemburgo, Korsch y Gramsci, y los han criticado tal como lo exigía el propio ideario de Marx. Desde el nacimiento del intelectual moderno en el Affaire Dreyfus 1898 el compromiso activo no se centraba en una disciplina organizativa ni ideológica, sino en la constante inquietud crítica y la defensa del pensamiento libre y emancipador. Ya entonces se perfiló la nefasta alianza entre nacionalismo, anti-semitismo y autoritarismo como mayor enemiga del hombre emancipado afectando tanto movimientos ideológicos de derecha como de izquierda. Intelectuales del calibre de Bauman siempre despertaban la sospecha de todos los poderes y, en muchos casos, el odio y la represión. La intervención pública y la crítica de la sociedad existente a partir de la coherencia y autoridad moral están en la esencia de estos intelectuales. El intelectual era una figura exclusivamente europea. Sociedades con autoridades religiosas y tradicionalistas no generan intelectuales e incluso en EEUU los intelectuales nunca consiguieron una influencia significativa en la cultura general. En cambio, todos los movimientos sociales progresistas del siglo pasado, desde los sesentayocho y la primavera de Praga hasta los alterglobalistas, pasando por el feminismo, el ecologismo, el pacifismo y los libertarios, han tenido en ellos sus referencias espirituales, aunque en muchos casos cayeron también en la trampa del anti-intelectualismo populista. A Zygmunt Bauman no solo le correspondió ser el último de una estirpe desaparecida, sino que además tuvo que analizar con toda su lucidez cómo la liquidez de nuestras sociedades modernas elimina sistemáticamente los espacios de una intelectualidad crítica y de una reflexión auto-crítica. Los medios de comunicación, los partidos políticos, las universidades y centros de investigación, etc., el debate público ya no aguanta un pensamiento y un compromiso sólidos. La liquidez moderna, tan entusiásticamente anunciada por Marx, no generó «ojos desengañados» sino todo lo contrario, un engaño y una ceguera universalizada, tal como había anticipado Theodor W. Adorno en los años cuarenta del siglo pasado. Ya no quedan Baumans sino solo gestores de ideas líquidas en un mar de banalidades. Lo triste no es que una vida de las más ricas posibles llegue a su fin después de 91 años, lo triste es que hemos hecho todo para que no pueda haber relevo.

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