Crónicas galantes

Trillo, el último de Perbes

18.01.2017 | 05:00

Con Federico Trillo desaparece de la escena pública el último de los conjurados que hace casi tres décadas convencieron a Manuel Fraga de que su hombre era Aznar. A Trillo, que apura sus últimas semanas en la embajada de España en Londres, lo han engullido las turbulencias de un avión Yak-42 que, como el cartero, llamó a su puerta dos veces. Y esta ha sido la definitiva.

Aunque sus devotos sostengan esa opinión, no fue Aznar el fundador del actual PP. Ese papel le corresponde a Fraga, que primero creó Reforma Democrática y luego fundó Alianza Popular para refundar finalmente su partido con el nombre que ahora tiene. Aznar ni siquiera figuraba entre sus favoritos para sucederle.

Quizá eso explique la importancia que para el partido conservador y la reciente historia del país tuvo la reunión mantenida el 26 de agosto de 1989 en Perbes, el lugar de veraneo de Fraga. Allí acudieron ese día los miembros del llamado «clan de los secretarios» que formaban el secretario general Francisco Álvarez Cascos y sus tres adjuntos Juan José Lucas, Rodrigo Rato y Federico Trillo.

Casi todos ellos apoyaban la candidatura del entonces presidente de Castilla y León, José María Aznar, que no era exactamente el preferido del fundador. Tanto era así que, para asombro de sus interlocutores, Fraga respondió a su propuesta con otra: «¿Y qué me dicen ustedes de Isabel Tocino?».

Los interpelados admitieron que la entonces presidenta de la Asociación de Mujeres Conservadoras tenía «cualidades», en efecto; pero «hoy por hoy no posee la cabeza que tiene José María». «¡Pero tiene piernas!», insistió don Manuel en un inesperado arrebato de frivolidad. «Tiene piernas y ya me dirán ustedes para que me ha servido a mí la cabeza que yo tengo».

A despecho de la inferior calidad estética de sus extremidades inferiores, Aznar fue finalmente el designado por Fraga gracias a la insistencia del clan de apparatchiks que en aquel verano del 89 hicieron piña a su favor en Perbes. Ingrata como suele ser la política, todos ellos han ido desapareciendo de la escena en una especie de versión abreviada de los Diez Negritos de Agatha Christie.

Rodrigo Rato, el que fuera poderoso ministro del mini-milagro económico español, anda ahora en tratos no deseados con la Justicia y con Hacienda a propósito de sus negocios particulares. Álvarez Cascos abandonó el PP hace cinco años para fundar otra formación política, tras un largo serial de desacuerdos con la dirección del partido comandada por Rajoy. Y por último, Trillo ha caído víctima de un trágico episodio aéreo que le persigue desde los tiempos en que daba vivas a Honduras ante una compañía del Ejército de El Salvador, en su época de ministro de Defensa.

Trillo, al modo de los últimos de Filipinas, seguía en activo allá por Londres, sin advertir que la guerra ya había terminado para los soldados del clan de Perbes que tan decisivo papel cumplieron en la ascensión de Aznar al poder. Ahora le han dado pasaporte en su partido con la discreción un tanto cruel que Rajoy suele utilizar en las tareas de desescombro. Manda huevos, diría quizá el afectado por el trance.

Tal vez sea un tanto exagerado pensar que todo esto obedece a un plan de Rajoy para deshacerse de la vieja guardia que impulsó a Aznar sin que parezca que ha sido él. Pero el caso es que todos los de su generación se le van desvaneciendo.

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