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Gente desinteresada

19.01.2017 | 00:29

La continua contribución de Bárcenas al enriquecimiento del lenguaje lo pone en la senda de la Academia, a cuyo diccionario quizá pueda realizar interesantes aportaciones futuras sobre el argot carcelario. Antes de convertirse en su archienemiga, Dolores de Cospedal acuñó, en referencia al extesorero, aquello de «indemnización en diferido», para justificar que, pese a no trabajar, siguiera cobrando del partido 21.000 euros al mes, después de que su complicado horizonte judicial hiciera recomendable que no volviera por la sede de Génova, ni siquiera para recoger sus ordenadores. En la misma línea, Bárcenas brindó ayer al castellano su hallazgo de «extracontable» para referirse a los fondos inconfesables que llegaban al PP y que debían quedar al margen de la contabilidad oficial. Aunque parezca un simple eufemismo, conectado con esa forma de mentira que ahora tantos aceptan llamar posverdad, el término tiene detrás muchas horas de bufete legal, a efectos de suavizar el reconocimiento de la oscura procedencia de un dinero que, en parte, acabó en manos de la cúpula dirigente del partido en forma de sobresueldos. Los nombres de Bárcenas y Naseiro, claves en la financiación ilegal del PP, quedaron ayer de nuevo enredados, esta vez por la provechosa afición de ambos a la pintura, con la que amasó una fortuna el hombre que, con la profesionalidad que hace el hábito, ocupaba ayer el lugar reservado a los acusados en el galpón donde se celebra el macrojuicio de ´Gürtel´. Desde esa posición le devolvió a Rajoy el mensaje digital que quedó grabado en piedra para la historia, aquello de «Luis, nada es fácil pero hacemos lo que podemos. Ánimo». El extesorero atribuyó a Rajoy la decisión de prescindir de la red tejida por Francisco Correa, pero a la vez dejó en evidencia el fondo legamoso del partido. El detonante de la ruptura de Rajoy con Correa fue la denuncia de un empresario y su yerno, que aprovecharon la ocasión para hacer un donativo sustancioso, 60.000 euros, por supuesto a cambio de nada. Ese era, según Bárcenas, el perfil habitual de la gente desinteresada que se acercaba a su despacho, tan generosa que hasta quiere evitar a toda costa el reconocimiento que supondría que se hicieran públicos sus nombres.

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