La mirada femenina

La ruptura con la madre en la adolescencia

20.01.2017 | 22:26

Me pregunto porqué en torno a todo lo doloroso y natural de la vida hay siempre tanto silencio. Probablemente si nuestras madres hubieran sido del todo sinceras y hubieran compartido con nosotras toda la verdad sobre la pareja y la maternidad, nos pensaríamos muy mucho el hecho de montar una familia. Además, en nuestra sociedad el dolor se vive como un fracaso, y se ensalza a aquellos y aquellas que no muestran vulnerabilidad alguna.

Pero el dolor es algo natural, todos lo sentimos, incluso los que parecen invencibles, y el que surge de la ruptura con los hijos es especialmente amargo.

Por ley de vida, los hijos e hijas tienen que separarse de sus progenitores, y a estos debe rompérseles el corazón en mil pedazos. Ese es el guión, aunque no nos guste. La cuestión es cómo hacer para que esta ruptura no sea trágica.

Deshacerse del sentimiento de culpabilidad

Tras haber pasado todas las pruebas imaginables que supone la crianza de los hijos; las pataletas, los celos, las largas noches sin dormir, la adaptación a la guardería, las carreras al pediatra, tus hijos empiezan a insinuar que prefieren que desaparezcas de sus vidas. A no ser que seas de piedra, es lógico derrumbarse. Todo se complica porque, a menudo, se culpa a la madre de todo lo que pasa en la familia. Este coletazo machista es un lastre insostenible. Sentirse rechazada por los hijos y encima juzgada por el resto de la sociedad es la fórmula perfecta para terminar metiendo la cabeza en el horno al mas puro estilo Sylvia Plath.

De entrada, deberíamos deshacernos del término culpar, tan castrante y doloroso, y substituirlo por el de responsabilizar, verbo que nos devuelve las riendas de nuestra vida y nos permite solucionar los problemas. Una es responsable de sus propios actos y puede elegir cómo situarse frente a los actos de los demás, pero los actos de los demás, son de los demás.

No dejarse seducir, y distinguir entre firmeza y rigidez

Antiguamente, lo femenino siempre se identificó con la flexibilidad, así a grandes rasgos. De hecho, para dar a luz a un bebé cuanto más flexible se sea física y mentalmente, mejor. Además, «esos seres bajitos» nos maravillan de tal manera que, a veces, nos dejamos seducir por ellos. Son tan graciosos, cómo cuesta decirles un no claro y firme, y entonces la pelota se va haciendo inmensa, y un día te encuentras con que tu loco bajito te saca una cabeza, pesa diez kilos más que tú y que cuando le dices No, no te hace el más mínimo caso.

Así que, es importante gestionar bien la energía porque tenemos toda una vida por delante para practicar la maternidad. Darlo todo en la infancia y no hacer un buen papel en la adolescencia puede ser tremendamente frustrante.

Debemos utilizar la fuerza interior para mantenernos impasibles frente a ciertos comentarios hirientes, y potenciar la firmeza, que no debe confundirse con rigidez.

La firmeza se refleja en ese no seguro y relajado, sin aspavientos. La rigidez son aquellos noes llenos de tensión y rabia, tal vez porque como llegan tarde rezuman energía negativa.

Escucharles, y gestionar su demanda de autonomía

Los adolescentes se sienten omnipotentes, creen saberlo todo y ansían alcanzar la plena independencia aunque a cualquier efecto estén aún lejos de ella.

Necesitan sentirse escuchados, reconocidos, y quieren tomar sus propias decisiones. Hay que dejarles que tomen algunas decisiones, y tratar de gestionar esa salvaje demanda de autonomía, aunque nos miren con cara de insatisfacción crónica, y añadan que los límites son una chorrada, o que esperan no ser nunca como nosotras. Luego pasarán los años, y cambiarán esa mirada.

La pregunta que finalmente se harán es ¿había buen o mal rollo en casa?

La naturaleza es tan sabia como cruel pero, es que si no; ¿levantarían el vuelo?

Así que no nos queda otra, hay que soltarlos y recomponer nuestros corazones llenándolos de aquello que más nos guste. Ellos, a la larga, terminarán agradeciéndolo.

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