Impresiones

Una bomba humeante

23.01.2017 | 05:00

ace unos días el Consejo de Seguridad de la ONU ha condenado la política israelí de asentamientos en los territorios ocupados de Cisjordania y de Jerusalén Este. Es la primera vez que esto sucede, porque hasta ahora Washington había vetado siempre las resoluciones contrarias a Israel. Y el pasado fin de semana setenta países, frustrados por la parálisis del llamado «proceso de paz» (?) entre israelíes y palestinos, se han reunido en París para recordar que la comunidad internacional sigue apoyando una solución de dos estados sobre la base de las fronteras de 1967. Ambas son malas noticias para el gobierno de Netanyahu.

La ocupación de tierras palestinas es ilegal y también los asentamientos en las tierras ocupadas. Esto lo sabe todo el mundo y también lo saben los israelíes aunque no hagan caso, pues cada día hay más colonos. Ya son 400.000 en los territorios ocupados y otros 200.000 en Jerusalén este.

Ahora, la resolución 2334 del Consejo recuerda lo obvio, que los asentamientos son una violación flagrante del Derecho internacional, que son ilegales y que son un obstáculo para la paz. Tel Aviv se ha indignado porque esta resolución complica su deseo de acceder al Consejo de Seguridad, porque puede dificultar sus exportaciones desde los territorios ocupados y porque puede facilitar que los palestinos le acusen ante el Tribunal Penal Internacional. No son cuestiones menores y explican la ira de Netanyahu, que ha respondido desafiante diciendo que la política de colonización continuará. De entrada ha aprobado 600 nuevas viviendas en Jerusalén oriental, primera fase de un proyecto de 6.500.

En una actitud insólita para un presidente electo que todavía no había tomado posesión, Donald Trump trató de evitar que la resolución se aprobara. Tras fracasar, envió un tuit diciéndole a Israel «mantente fuerte... el 20 de enero (día de su investidura) llega rápido». Ahora Trump puede cambiar la política seguida desde hace décadas por los EEUU. Como anticipo ha anunciado que nombrará embajador en Israel a David Friedman, un judío radical partidario de los asentamientos, contrario al estado palestino y que quiere ubicar la embajada en Jerusalén, algo que los árabes considerarían una provocación intolerable y que encendería otra hoguera en una región donde ya sobran. La llegada de Trump es un alivio para Netanyahu.

Obama ha permitido que esta resolución se aprobara porque antes de cesar, y con la mirada puesta en la Historia, ha querido reiterar la posición tradicional de los EEUU sobre el conflicto. Pero lo ha hecho muy tarde y solo después de dar a Israel el mayor paquete de ayuda militar de su historia: 38.000 millones de dólares en los próximos diez años. Cuando se trata de Israel, los EEUU no tienen las manos libres.

En Tel Aviv tampoco ha gustado la celebración en París de una conferencia sobre la paz en Oriente Medio en la que no han participado ni los israelíes ni los palestinos, aunque éstos la han alabado. Ha sido como «una boda sin los novios», ha dicho con desprecio Tzipi Livni, exministra israelí de Exteriores. La conferencia ha reiterado la necesidad de negociaciones entre israelíes y palestinos para una solución de dos estados viviendo en paz y con fronteras seguras. Me temo que es otro gesto para la galería que tampoco tendrá efectos prácticos.

Porque Tel Aviv no quiere y los palestinos, divididos entre Fatah y Hamas, no pueden. Netanyahu preside un gobierno ultraderechista dominado por extremistas nacionalistas y religiosos que consideran a Israel como un estado judío, primero, y democrático, solo después. Ese gobierno no cree en la solución de dos estados y pretende hacer permanente la actual ocupación sobre lo que considera Judea y Samaria. Lo ocurrido en Amona es revelador. Amona es un asentamiento ilegal que el Tribunal Supremo israelí había ordenado evacuar antes del fin de 2016, y a cuyos colonos el gobierno ha reubicado en otro asentamiento también ilegal (Ofra). Netanyahu parece creer que el conflicto con los palestinos no tiene solución y que hay que vivir con él, pero su política es la mejor forma de garantizar que eso suceda. Y si negocia, quiere hacerlo bilateralmente (donde impone su fuerza) y sin interferencias de nadie. Pero tampoco lo hace y los palestinos no le ayudan. La consecuencia es una situación enquistada.

Israel es un país desarrollado en medio de una región en llamas, con universidades y científicos de primer nivel, un ejército potente y el arma nuclear. Nadie lo quiere debilitar y menos ahora. Pero la ocupación de tierras palestinas hará imposible que Israel sea un estado a la vez judío y democrático. Los 5 millones de palestinos que viven bajo la ocupación son ciudadanos de segunda clase, sin los mismos derechos políticos ni los mismos servicios sociales o económicos que los ciudadanos de Israel, de los que viven separados por verjas y pases de pernocta, en una situación que cada vez se asemeja más a un apartheid de hecho. Y la población palestina crece más deprisa que la israelí.

En definitiva, la ocupación y los asentamientos hacen imposible un estado palestino y sin él no será posible la paz. El sueño de Ben Gurion hace setenta años poco tiene que ver con la realidad actual. No respetar el Derecho Internacional no es el camino para que los israelíes puedan sentirse seguros en su país, como es también su derecho. La situación es muy delicada. En Palestina hay una bomba a punto de estallar y ahora Trump puede encender la mecha.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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