Entre el sol y la sala

Cuatro esquinitas

25.01.2017 | 00:31

Ha muerto José Manuel Rosales León, Josele. Para quien no lo conoció baste decir que fue un hombre bueno, fácil de encontrar y difícil de olvidar. Hoy en día no abundan personas como él, de esas que, desde un voluntario segundo plano, entienden el respeto y el servicio a los demás como una forma inmejorable de afrontar la vida. Así de simple, así de rotundo.

Josele salió de su Antequera natal y llegó a Marbella para quedarse, echar raíces, y al cabo de los años su presencia hizo de esta ciudad un lugar mejor, uno en el que criar cuatro hijos y labrar un futuro callado y sereno. Por eso no busquen ustedes su nombre en una plaza, ni en una calle. Encontrarán su nombre en los labios de tantos amigos que comentarán sus anécdotas manteniendo vivas en el tiempo las risas que compartieron. Un legado vivo y sincero, alejado de la pomposidad que nunca pretendió, porque Josele sólo recibió una placa en vida, la que más ilusión podía hacerle, la que le entregaron en el Club Deportivo Las Chapas. Un reconocimiento a su entrega como delegado del equipo, una gran pasión donde transmitir lo aprendido como jugador del Antequera C.F. Y es que en el club marbellero pasó grandes momentos animando y aconsejando a sus futuras estrellas, guiando a los padres recién llegados, ayudando en lo que fuera necesario. Ahora Josele se ha ido, cinco margaritas endulzan su descanso, doce campanadas marcaron su reposo.

Hablar de José Rosales es como hablar del mar. Tranquilo, inquebrantable, continuo, eterno. Cómo inventar algo sobre alguien que escogió un camino y nunca lo abandonó, que siguió su ritmo con la disciplina del vaivén de un rompeolas, contra viento y marea. De hecho, creo que eso le mantuvo firme contra el cáncer. Lejos de amilanarse se enfrentó con honradez y nobleza al peor augurio, exceso de pundonor aprendido de otro antequerano y de su hija, la que fue su mujer por y para siempre. Créanme, el cáncer nunca venció a Josele. Le golpeó duro, muy duro, pero en el postrero asalto, cuando la energía le abandonó, sacó fuerzas de no sé dónde para levantarse y, sorprendiendo a todos, cumplir la tradición al son de Los Brincos con un último baile de Nochebuena. Perplejo y absoluto silencio. Esos son cojones, dijo orgulloso su hijo. Cuánta razón.

Nunca estuvo solo. Desde el día en que le diagnosticaron jamás conoció la soledad. Cuatro hijos como cuatro ángeles custodios que, cada uno a su manera, velaron en todo momento por su bienestar. Cuatro esquinitas tuvo su cama, cuatro angelitos que se la guardan. Operaciones, curas, traslados, medicaciones, consultas, nunca estuvo solo. Atravesar un injusto infierno en vida siempre es más llevadero acompañado del mejor cicerone, aquel que te acaricia la mano y te susurra para darte una ilusión, decirte que todo irá bien, y que, pase lo que pase, debes estar en paz por haber sido un modelo para ellos. Amor y agradecimiento.

Josele personificó el refrán no es más grande quien más espacio ocupa sino quien más hueco deja. Un socavón de diámetro inabarcable en su caso. Sus últimos días fueron el resumen de una existencia: familia, ternura, entrega, y sonrisas. No dejó de luchar, jamás le vi quejarse, mantuvo siempre la dignidad, un valiente. Puede que el cáncer le robara el habla, pero nunca en mi vida he visto a alguien sin voz decir más alto y claro «aquí estoy yo».

Del Portichuelo a Las Chapas resuena el eco de los tambores del Grupo de Regulares de Melilla, Josele ha corrido su última vega para besar el manto de su amada Virgen del Socorro. Desde el cielo verá todos los partidos de fútbol, y desde allí cuidará de la nieta que se hace esperar. Maldito cáncer. Bendito por siempre, Josele.

«En la noche que me envuelve, negra, como un pozo insondable, doy gracias al Dios que fuere por mi alma inconquistable. En las garras de las circunstancias no he gemido, ni llorado. Ante las puñaladas del azar, si bien he sangrado, nunca me he postrado. Ya no importa cuán recto fue el camino, ni cuantos castigos llevé a la espalda: Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». William Ernst Henley.

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