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Profanación, polución, corrupción

25.01.2017 | 21:12

Vivimos encerrados en los muros de nuestras ciudades o bajo la bóveda de las constelaciones? ¿En cuál de las dos? Cuál de las dos es más nuestra morada?» Un elemento común hay en la profanación, en la polución y en la corrupción: la suciedad. La acción de ensuciar de forma figurada o real. Ensuciar la memoria, el entorno, la materia. Manchar, contaminar, mancillar, es desobedecer a la pureza. Y a la pietas. Hemos ensuciado el mundo, tras ser arrojados a él, igual que muchos animales ensucian su guarida. A pesar de lo cual, nos consideramos la cúspide de la pirámide evolutiva. La impureza, a la que le acompaña la impudicia, evidencia tres rupturas: trascendente, natural y moral.

Primera ruptura. Profanación. Dios ha muerto, proclamaron Hegel, Dostoiesvki y Nietzsche. Nosotros lo matamos. Con esa muerte culminamos una práctica que iniciamos hace 430.000 años, en Atapuerca, con Cr-17. La ciencia y la tecnología, en el siglo XX, con su presunción de libertad subyacente, proveyó al ser humano de una experiencia prometeica, que le permitía escapar a las ataduras morales anteriores. Los nazis percibieron esos cambios en la moralidad. Ningún poder, sintieron que había, ya, por encima del hombre. El Holocausto inauguró una nueva era. La del exterminio masivo de vida humana exento de culpa. Sin necesidad de redención. Auschwitz fue el rito expiatorio, el juego sagrado, que había que inventar, para que «el superhombre» apareciera digno de la grandeza del robo perpetrado: el fuego de los dioses.

Segunda ruptura. Polución. Tras la muerte de Dios, envenenamos el planeta. El que creemos poseer en propiedad por herencia. Pero somos Tierra. Nuestro cuerpo está constituido con los elementos de la tierra, el aire nos da el aliento y el agua nos vivifica y restaura. Nada de este mundo, por tanto, nos puede resultar indiferente. «El libro de la naturaleza es uno e indivisible». Incluye el medio ambiente, la vida, las relaciones sociales, la economía. Todo. El cambio climático es fruto, a la vez que símbolo. Es el signo de una Naturaleza doliente, casi agonizante, cuya extinción está perpetrando el hombre. Desde una perspectiva teológica la Naturaleza sería un siervo doliente, que en su experiencia de soledad y tribulación, representa su propio misterio de pasión y cruz. El origen de esta encarnación está en la ruptura del lazo con la Naturaleza, por el aislamiento del ser humano tras los muros de la ciudad. Desde ella el hombre ejerce un poder sin límites sobre el planeta. La Naturaleza queda reducida a la naturaleza humana. Al igual que Dios, la Naturaleza tampoco es fuente normativa, moral o trascendente. El contrato natural ahora es contrato de suministro.

Tercera ruptura. Corrupción. Tras la II Guerra Mundial las democracias liberales, en su pretensión de dominio sobre la Naturaleza cayeron, sin saberlo, en lo más profundo del pensamiento hitleriano. Su ambición de confinarla de una manera absoluta, a una existencia sujeta al tiempo, era la misma que la que Hitler tenía respecto al ser humano. Esta voluntad de dominio absoluto se revela en un máxima: la hipernaturaleza productiva. Dicho principio, al igual que el principio totalitario de «hiperhumanidad» buscaba crear el nuevo hombre, sanciona un nuevo concepto de Naturaleza. Lo hace a través de una doble delimitación: positiva una, al fijar de manera activa el ideal de Naturaleza a través de la transformación genética, el uso de una reducida variedad biológica: las variedades de mayor rendimiento productivo, y el uso de métodos industriales de producción alimentaria en masa; y negativa otra, por la eliminación de la parte de la Naturaleza que es perjudicial para el sistema económico, por destruir su prosperidad debido a su insuficiente tasa de producción, y con la que se concreta la no-naturaleza. Este fundamentalismo economicista, que exalta por encima de cualquier otro aspecto, cualidad o característica, la eficiencia económica, y aniquila los cuerpos superfluos o corruptos, es el equivalente a la glorificación totalitaria de la sangre del nazismo y al ennoblecimiento de los trabajadores en armas del estalinismo. Un dato emanado de esta ruptura: el incremento de la temperatura media del planeta en 2016 es el que los científicos habían previsto para 2100.

Epílogo. La ciudad de la modernidad ha roto el contrato natural. Ya no es un simbionte. Se ha convertido en un parásito. Obtiene todo de su hospedador y a cambio produce daño. Profana, poluciona, corrompe. Ha levantado un altar para que la llama del fuego prometéico, que viaja de ciudad en ciudad, no se apague. ¿Para ir a dónde? La ruta está inalterada. Seguimos instalados en el participio femenino de romper. La ciudad «habita la historia», porque el contrato social moderno ignora la Naturaleza. Por él hemos desanudado el lazo que nos ata al planeta, cortado el vínculo «que enlaza el tiempo que pasa y transcurre y el tiempo que hace». Es tiempo de preguntas políticamente sensibles, de conversiones ecológicas. Cartas puestas en el féretro de la Naturaleza, para que las lea Dios cuando le lleguen.

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