Tribuna

Amistad

29.01.2017 | 05:00

Tras el anuncio hecho por el presidente mexicana, de ninguna forma Trump de su decisión de renegociar de inmediato el tratado de libre comercio de América del Norte (North American Free Trade Agreement, Nafta) con sus hasta ahora socios, Canadá y México, una fuente oficial del gobierno canadiense ha declarado que no habrá negociación a tres bandas. «Queremos a nuestros amigos mexicanos», ha dicho textualmente ese portavoz no identificado por la agencia que recoge la noticia, Reuters, «pero nuestros intereses nacionales van primero y la amistad después. Las dos cosas no son mutuamente excluyentes».

Imagino que a nadie familiarizado con la política internacional le habrá sorprendido semejante afirmación. En este mundo postmoderno cada vez queda más claro que lo que prima es el interés propio por encima de cualquier otra circunstancia y, desde luego, los tres países que comparten el continente norteamericano firmaron el Nafta porque tenían la certeza de que les beneficiaba a cada uno de ellos. No lo hicieron llevados por ningún arrebato de solidaridad. Pero tampoco se entendieron siempre así las cosas.

El filósofo que más y mejor ha tratado del concepto de amistad, Aristóteles, dedicó el libro VIII de su Ética a Nicómaco a reflexionar acerca de lo que significa tener un amigo, detallando los porqués que llevan al hábito de la amistad. Allí dice Aristóteles que quien ama al amigo, ama también su bien propio, con lo que la amistad se vuelve una manera de igualdad. Igualdad. Quizá sea ésa la clave.

Los canadienses, al reservarse la baza de negociar por separado, justifican el echar los mexicanos a los perros con el argumento de que las dos economías, las de los vecinos del norte y del sur del gigante estadounidense, son del todo distintas. Aunque para ambos países es el comercio con los Estados Unidos, las importaciones y exportaciones, la parte del león de sus respectivas balanzas de pagos, para Canadá no supone un drama perder el mercado libre con los Estados Unidos. La economía canadiense puede permitírselo porque es fuerte; la mexicana, de ninguna forma. Hasta otra, amigo; que dios te ampare porque nosotros no vamos a hacerlo. Se trata de la misma fórmula ritual con la que se despacha a un indigente al que no se quiere dar limosna. Pero al menos no pretendemos mantener con los mendigos una amistad de las de verdad en términos del pensamiento de Aristóteles.

Todos estaríamos de acuerdo en que hay que auxiliar a los menesterosos pero muy pocos nos ponemos, además, a ello. El pragmatismo se traduce hoy por la indiferencia en el mismo momento en que no se ve qué beneficio puede sacarse de cualquier acción.
Y si repasamos los anales históricos, es fácil comprobar en qué han quedado las reflexiones de los filósofos. Pero quizá por esa misma razón haya llegado el momento de exigir coherencia. Los intereses propios van primero y a la amistad, que la parta un rayo.

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