Impresiones

Las otras víctimas (I)

30.01.2017 | 01:36

No me refiero a las ocasionadas por las guerras o los desastres naturales, que también lo son, sino a las provocadas por el cambio de ciclo que vive el mundo y la confusión que esto produce. Hablo de valores, de instrumentos, de principios. El orden geopolítico instaurado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y basado en el Consenso de Washington (democracia liberal y economía de mercado) ha entrado en crisis ante los embates de la globalización, el populismo y el ascenso a la escena internacional de nuevos actores con diferentes culturas y tradiciones. Se avecinan tiempos revueltos que ya están causando las primeras víctimas. Como las siguientes:

El Derecho internacional: los tres principales dirigentes del mundo son nacionalistas y como tales más viscerales que racionales y expansivos, necesitan «espacio vital» (piensen en los modestos «Països Catalans»). El Derecho Internacional les molesta, porque es la garantía de los más débiles, y lo ignoran. Putin se anexiona Crimea como primer paso para recuperar el peso que un día tuvo la URSS y hacerse con una zona de influencia en Europa central. Xi Jinping busca expandir sus fronteras para apropiarse de las riquezas submarinas en el Mar del Sur de China, donde construye islas artificiales violando los derechos de otros países vecinos como Filipinas, Vietnam, Malasia y Borneo. Y Trump se ha convertido en un matón de barrio que abusa toscamente de México, su vecino del sur. Las tensiones entre ellos serán inevitables, el proteccionismo crecerá y se debilitarán las instituciones internacionales de gestión de crisis. Son malas noticias.

La verdad: me asustan quienes afirman sin sombra de duda que están en posesión de ella, porque son fuente de dogmatismos, de intransigencias y de todas sus malas consecuencias. Pero 2016 ha alumbrado un término muy preocupante, la «posverdad», la mentira consciente que trata de hacerse pasar por verdad para obtener réditos de algún tipo. Como cuando Trump afirmaba (sin despeinarse) que Obama no había nacido en los Estados Unidos, o cuando acusaba a Hillary Clinton de tener participación en una red de pedofilia mentía y lo sabía muy bien, sin que eso le disuadiera de difundir esas falsedades para dañar al adversario político. Ahora una funcionaria de prensa de la Casa Blanca se ha estrenado en el cargo llamando a esas mentiras «hechos alternativos» y afirmar luego su jefe, sin el menor rubor, que a la toma de posesión de Trump asistió más público que a la de Obama (cosa que desmienten las fotografías). El mismo Trump dice que él hubiera ganado en votos a Hillary si «tres o cuatro millones» de inmigrantes sin papeles no hubieran votado ilegalmente y quiere abrir una investigación al respecto. Esto lo dice sin aportar prueba alguna y sin que ese pretendido fraude electoral le conste a nadie más. Y se queda tan fresco, probablemente esperando que a base de repetir estas falsedades, la gente acabe creyéndolas. También Stalin borraba de las fotografías a quiénes caían en desgracia y en 1984, la novela de Orwell, existe el ministerio de la Verdad, encargado de decidir lo que lo es y lo que no. Hoy los periódicos, las televisiones y las redes sociales se plantean si pueden difundir noticias que saben que no son ciertas y cuáles son los límites entre el deber de informar y el derecho del público a no ser engañado por los medios, que en los EEUU tienen a gala diferenciar con nitidez lo que es opinión (que es libre) de lo que es información (que debe ser veraz y contrastada). La desinformación consciente, que era antes arma de guerra (Lao Tzú), ahora lo es también en tiempos de paz.

El sentido común: nunca fue muy abundante pero ahora parece habernos abandonado por completo. Los americanos, ciudadanos del país más poderoso, eligen aislarse detrás de muros proteccionistas a pesar de que tienen intereses e inversiones por todo el mundo. Trump ya ha denunciado el TPP (Acuerdo Comercial Transpacífico) que ligaba a doce países de la zona, algunos de los cuales ahora pasarán a gravitar en la órbita del Acuerdo de Asociación Comercial Regional que patrocina Beijing, que es mucho menos ambicioso y que excluye a los EEUU. Es lo que se llama pegarse un tiro en el pie. Y también quiere abandonar o reformar el NAFTA (Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte) que liga a los EEUU con Canadá y con México y ha ordenado el levantamiento de un muro a lo largo de la frontera con este país. Otro despropósito entre tres economías muy estrechamente ligadas. Por su parte, los británicos han votado en referéndum abandonar Europa, un mercado de 500 millones de habitantes al que dirigen el 12% de sus exportaciones totales, cuando ya no tienen detrás un imperio que los mantenga y cuando los norteamericanos, sus aliados tradicionales, están en proceso de ensimismamiento y se cierran sobre sí mismos. Por su parte Rusia, en vez de integrarse armoniosamente en la geopolítica mundial, busca el enfrentamiento y paga por ello un grave precio en forma de sanciones que dañan gravemente a una población y a una economía ya muy debilitada por el bajo precio del petróleo. Sin necesidad de hablar de Venezuela, donde los sinsentidos baten récords mundiales. Y mientras esto sucede, los chinos sorprenden al mundo en la conferencia de Davos enarbolando la bandera del libre mercado y de la globalización... de puertas para afuera. El mundo al revés.

Continuará.

*Jorge Dezcállar es diplomático

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