Tribuna

Zafiedad

30.01.2017 | 23:30

La cursilería ha cedido cierta presencia en la vida pública, quién lo iba a decir, y su lugar preeminente está siendo ocupado por la zafiedad. Estas dos posturas del ser humano en la vida, ambas vinculadas con la afectación, son a su vez diametralmente opuestas porque parten de ambiciones distintas, escribió una vez Ruano. El cursi lo es de modo involuntario, incluso estaría dispuesto a negar su cursilería, mientras que el zafio actúa consciente y premeditadamente, orgulloso de serlo. Insulta, se degrada a sí mismo y a los demás, y encuentra satisfacción en exhibirse. El cursi procura elevarse, se encampana, prodiga en eufemismos o repica conceptos vagos, con la prosodia de un rapsoda. Imprime giros a las palabras que no necesitan ser reinterpretadas, y sucumbe siempre a la tentación de pretender que el acto más irrelevante se transforme, protagonizado por él, en un asunto de primera magnitud. El cursi se «reinventa», algo que, por otra parte, resulta también extremadamente cursi. El zafio es como si quisiera jugar a la contra sin dejar de ser lo que es, porque seguramente no puede conducirse de otra manera. En este país creíamos que haber batido récords con la grasa o la caspa de personajes como Gil y Gil o, en la ficción, Torrente y, sin embargo, sólo hace falta echar un vistazo a la actualidad transoceánica para darnos cuenta de lo fácil que resulta verse superados. Otra, las redes sociales son una cantera inagotable de la zafiedad. Además de haberse convertido en un primer refugio de las falsedades, los ataques a la dignidad de las personas, y en un vertedero de inmundicia y crueldad impune, transmiten mejor que cualquier otro medio de comunicación ese primer fogonazo de la ramplonería que consiste en dar lástima cuando lo que se pretende es ser gracioso. No quisiera tener que elegir pero de hacerlo preferiría el sopor del cursi al denigrante exabrupto del zafio.

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