Entre el sol y la sal

Donald, yo soy tu padre

01.02.2017 | 00:03

Donald Trump por fin ha tomado posesión poniendo punto final a una exasperante etapa de dimes y diretes. Se le acabó el chollo a los tertulianos que se dicen expertos en análisis geopolítico. Ahora tenemos dos bandos perfectamente diferenciados, los que no conceden beneficio de la duda al sentido común de los votantes norteamericanos, y los que se muestran claramente a favor del multimillonario como si de un mesías se tratase. Se aceptan apuestas.

Lo cierto es que sean de unos o de otros, casi nadie se ha preguntado por el meollo de la cuestión, por la genealogía del asunto, es decir, mucho alabar la labor de Obama, mucho yes we can, pero la verdad es que ocho años de gestión del 44º presidente (me da pereza escribir cuadragésimo cuarto) han dado como resultado un pueblo que se ha abandonado a las promesas retrógradas de un salvador, por qué será. Me temo que alguna culpa tiene Barack en todo esto, pues la ley del péndulo nunca miente.

Puede que sea la política migratoria, su tibieza ante algunos temas, el afán buenista por agradar, o por alguna medida impopular, pero una cosa está clara: el pueblo americano ha hablado. Si los yanquis votan a Hillary son civilizados, cultos y progresistas, si por el contrario votan a Trump son unos zoquetes, incultos o descerebrados, y eso no puede ser. No es aceptable que la democracia y la cultura de un país se midan porque el resultado electoral agrade, o no, a determinadas corrientes de opinión o editorialistas paniaguados. Yo no defiendo a Trump, pero sí quiero un cierto margen de confianza en el mérito de un hombre que ha batido a todo y contra todos, y cuando haya que arrearle seré el primero en poner mi malafollá granaína al servicio de la causa.

El hecho de que Donald dijera que los periodistas son las personas más deshonestas sobre la faz de la tierra, aunque aisladamente alguno lo merezca, no es un buen punto de partida para respetar su forma de actuar, pero no olvidemos que hasta ahora, o hasta el pasado viernes 20 de enero, hablaba un candidato fanfarrón y un gobernante electo sin plenos poderes. Veremos qué hace y dice el comandante en jefe de los ejércitos ahora que sus responsabilidades son directas y sometidas al control del Congreso. Ya advirtió el director del FBI que Trump debía sopesar muy bien sus declaraciones, porque habla en nombre de algo mucho más grande que él, habla en representación de los Estados Unidos de América. El recadito no tiene desperdicio.

Ahora la emprenden con la prohibición de entrada a los ciudadanos de siete países permisivos con el yihadismo sin esperar a ver los resultados de la medida. Verán, yo he tenido en mis manos un pasaporte iraní, y dice que si en el mismo se encontrase un visado israelí, un natural de Irán titular del documento será considerado un apátrida desde ese momento. Irán le pone puertas al campo, les prohíbe a los suyos la libre circulación y se indignan cuando se lo hacen a ellos. Quien a hierro mata, vetado muere.

Aquí en España nos ha pasado más o menos lo mismo, pero al revés. Décadas de corrupción política, rescates bancarios, monarcas de bragueta fácil, politización de la justicia, alternancia endogámica y puertas giratorias han sido el caldo de cultivo perfecto para la aparición un movimiento reaccionario, lo cual, visto lo visto, es una respuesta lógica y necesaria ante tanta injusticia de no ser porque han ido de salvapatrias, sinsubstancias y cuentacuentos encastillados entre el manido sí se puede y el apolillado radicalismo vengativo del o conmigo o contra mí. Bien que les ha cambiado el discurso cuando han ostentado cierto poder, lo que por lo visto, en su intocable caso, sí es molón o políticamente correcto, y pobre del que critique los métodos populacheros y bolivarianos de Podemos, pues será acribillado por facha, anticuado, borrego e inmovilista. Pablo Iglesias, ese trabajador de una productora iraní, dijo que nacionalizaría los medios de comunicación y muchos periodistas, esos no eran deshonestos, lejos de indignarse, hasta le rieron la gracia. Así que esas tenemos, unos tantos y otros tan poco.

Para unos se invoca la nobleza de ser la herencia, los hijos díscolos que enmendarán los errores y delitos de sus culpables progenitores, y para otros la respuesta simplona se limita a que los americanos son imbéciles de remate y tontos de echarle azúcar a los bollos. De aquellos barros, estos lobos, sí, con b. Repito, algo habrá hecho mal Obama en ocho años para calentar al electorado y que alguien como Donald Trump, con sus defectos y virtudes, alcance la cima del mundo conocido.

El péndulo oscila para todos por igual, a no ser que los de Podemos hayan cambiado las leyes de la física y yo no me haya enterado, claro.

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