Tribuna

Homo deus

12.02.2017 | 00:37

En su reciente libro Homo Deus el historiador israelí Yuval Noah Harari pronostica el final cercano de nuestra especie, los homo sapiens, con la irrupción de un hombre superior, casi divino. Hay algo mesiánico, pero también de maldición bíblica en ese relato del futuro. Para Harari el gran salto se halla muy próximo, quizás a poco más de un siglo vista. Para entonces, la muerte será opcional; al menos entre los ricos, que dispondrán de la tecnología suficiente para regenerar su organismo y detener el envejecimiento. Una serie de robots microscópicos recorrerán nuestro cuerpo alertando de cualquier deterioro celular y reparando sus defectos. Los algoritmos serán tan precisos que reducirán el margen de error en la toma de decisiones. Así, por ejemplo, a la hora de casarnos, los algoritmos nos marcarán qué tanto por cierto de probabilidades de éxito –o de fracaso– contamos para nuestro matrimonio; o nos recomendará carreras profesionales adecuadas a nuestra personalidad y formación. Si hasta ahora hemos elegido a nuestra pareja, un libro para leer o unos estudios universitarios movidos por sentimientos, intuiciones y un conocimiento insuficiente, en un futuro próximo las máquinas podrán decidir por nosotros y (lo que es más importante) se equivocarán menos.

Por supuesto, el porvenir soñado por Harari a partir de los datos actuales de la ciencia se asemeja mucho a una falsa utopía, de lo cual también es consciente el autor. Sería un mundo donde unos pocos podrían mejorar sus genes, detener el envejecimiento o hacer un uso optimizado de la inteligencia artificial. Sería un mundo en el que un porcentaje muy elevado de la población no tendría nada que hacer, ya que nadie requeriría su participación en el sistema productivo. Conductores de vehículos, radiólogos, cirujanos, brokers bancarios€ se situarían entre los oficios obsoletos. A Harari no le pasa por alto que el surgimiento de grandes masas de ciudadanos improductivos supondría un problema de equilibrios sociales similar a la aparición del proletariado en el siglo XIX.

Escucho a Harari conversar largamente con Iñaki Gabilondo en un canal de Youtube, mientras guardo cama por la gripe. Convaleciente, no puedo dejar de pensar qué lejos estamos todavía de estas predicciones. Conceptos como frenar el envejecimiento, una vida inmortal o reproducir nuestra conciencia en unidades de inteligencia artificial pueden ser el futuro más o menos inmediato; de todos modos, el presente responde a los escalofríos que provocan las tercianas de un resfriado para el cual no contamos con ningún tratamiento efectivo. La esperanza de vida se alarga año tras año de forma moderada pero segura. Sin embargo, todos sabemos que la mayoría de nosotros morirá debido a un proceso oncológico, una afección cardíaca o un accidente de coche. Las pandemias globales se controlan mejor que hace medio siglo; no obstante, cuando se producen, siguen causando miles de muertes. Frente a la hipótesis de un homo deus, hay que recordar que la fragilidad constituye una de las características principales de nuestra especie.

Quizás dentro de un siglo ya existirán los primeros hombres que desconozcan la enfermedad o la muerte. Es posible, aunque lo dudo. Recuerdo la ácida crítica del creador de PayPal, Peter Thiel, cuando constata que en la segunda mitad del siglo XX se soñaba con los coches voladores y que, en lugar de eso, el futuro nos deparó los 140 caracteres de un tuit o la omnímoda presencia de las redes sociales. El porvenir es impredecible y la debilidad humana una onstante que podemos parchear pero difícilmente eliminar.

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