Tribuna

El liderazgo de los que no quieren líderes

22.02.2017 | 01:15

La estricta jerarquía con la que Podemos remonta la quiebra interna de Vistalegre nos remite a un modelo organizativo tan viejo que está en la base del acontecimiento que este año se adueñará de todos los recordatorios. El centenario de la Revolución soviética coincide con el retorno de un centralismo democrático que, con los aderezos tecnológicos que permiten una amplia concurrencia en algunas decisiones muy concretas, quiere pasar como la mayor de las innovaciones políticas. Pero todo resulta muy antiguo, tanto como para corroborar que la raíz del partido es lo que uno de los fundadores, Juan Carlos Monedero, catalogó como «leninismo amable». Es una definición en términos antagónicos de una concepción infame de la acción política, en la que la voluntad de transformación social va tan ligada a la voluntad de dominio que llega a la abominación de lo inhumano, como la historia del siglo pasado demuestra. La consolidación, en las «urnas» virtuales de Vistalegre, de lo que en el alumbramiento de Podemos era sólo un atisbo de esa forma interna deja en evidencia una de las mayores contradicciones de ese partido: el tipo de liderazgo férreo que quieren los que, en apariencia, abominan de los líderes. Perdida en su laberinto, la izquierda ha encontrado cierta afinidad orgánica que se hunde en el fondo de sus orígenes. El guerrismo armó el PSOE con una variante del modelo que ahora replica Podemos y que afloró como una osamenta fosilizada con la irrupción de los rescatadores. Derrotado en la defensa de un modelo más acorde con el discurso público de Podemos, Errejón acata, todavía está por ver si por disciplina o como un repliegue táctico, ese reforzamiento de la línea única que encarnan Iglesias y un círculo tan próximo que en algunos casos llega a ser íntimo. Tras el blindaje de la cúpula, resulta muy coherente el doble despojamiento de Errejón: su secretaría política era una anomalía orgánica, más después del fracaso de su línea estratégica, y constituye un contrasentido que un portavoz parlamentario se vea obligado a defender aquello de lo que discrepa, aunque sea ya en la intimidad y alejado de las redes sociales. No todos se adaptan con tanta facilidad como Antonio Hernando. Lo que le ahora le sobra a Errejón, por vocación y edad, es tiempo, más tiempo del que dispone Iglesias para demostrar que su apuesta por ese modelo vetusto de partido y su estrategia de buscar la esquina del tablero político no acaba en la misma posición marginal que antes ocuparon ya los comunistas o IU.

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