Lo que hay que oír

Salga de casa insultado

Las redes sociales como amplificadoras de ofensas

22.02.2017 | 23:14

Gracias a las redes sociales, se ha abierto un nuevo vertedero donde arrojar desechos, basuras y otros escombros mentales. Siempre se ha insultado, es cierto. «Miente como un hideputa y mal nacido», dice don Quijote, dice Sancho, dicen los clásicos. Incluso se insulta en la ficción con florido léxico. El último Premio Cervantes, Eduardo Mendoza, pone en boca de uno de sus personajes (el abogado Miscosillas) la siguiente sarta defensiva contra una mujer que lo acusa de ser un petardo en la cama: «No hagan caso a los infundios de esta rabona. Por lo general, cumplo con creces, y si alguna vez no he merecido el cum laude, no ha sido culpa mía, sino de ella. Es inepta, desabrida, apática, tropezosa, chabacana, sandia, inverecunda, repolluda y cerdosa». En el fútbol se insultaba muchísimo, en la barra de las tabernas se insultaba que era un primor. Sin embargo, nunca esa acción de «ofender a alguien provocándolo e irritándolo con palabras o acciones» ha gozado de la amplificación que hoy conoce merced a las redes sociales. Bien creo que todas las mañanas una legión de ociosos se apresta a excretar sus insultos en Twitter, Facebook o qué sé yo dónde contra cualquiera que se tercie, contra quien toque, qué más da, contra quien critique las letras de Joaquín Sabina por machistas o contra los que critican a la persona que criticó las letras de Sabina por machistas.

Hoy, el eructo mental llega más lejos que nunca gracias a esas ya inevitables redes donde toda majadería tiene su asiento: fascista, nazi, rojo, miserable, canalla, mafioso€ amén de las habituales referencias a preferencias sexuales, fidelidad marital o filiación dudosa. Razonamiento, ninguno. Insultos, como borra. Como hoy todo quisque se afana por gozar de una reputación digital impoluta, el Poder debe de estar encantado con esta nueva diversión. Así, nos mantiene entretenidos, insultándonos los unos a los otros como él nos insulta. Por una parte, a fuerza de repetir el mismo adjetivo se le vacía de contenido. «Machista», por ejemplo, ya es un insulto comodín. Ha dejado de designar al varón con actitud prepotente hacia las mujeres. Y «feminazi» ya ni siquiera es su antónimo. Hoy te tilda en la redes sociales de machista o feminazi al menor desacuerdo con lo dicho o hecho por una mujer o un hombre. Se han vaciado de su contenido ambas palabras.

Yo mismo, por lo que acabo de escribir, seré calificado como uno u otro, dependiendo de por dónde le salga el sol al «trol» correspondiente. Y esta es exactamente la segunda parte del asunto: la autocensura. No voy a manifestar lo que pienso pues me van a llamar machista, falócrata, feminazi, rojo de mierda, hembrista, facha, nenaza€ y mi reputación digital peligrará, se hundirá, nadie me contratará. Por lo tanto, silencio, máscara, antifaz, cuidadín. O sea, vuelve la dictadura si es que alguna vez se fue. El Poder es listo, listo, listo. Escribía Marco Aurelio, un sabio al que nunca me canso de citar: «Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insocia- ble». Pues bien que cabría aplicarse uno el cuento: Todas las mañanas, al abrir el ordenador y consultar las redes sociales (si no tengo otro remedio), me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable, un «trol», en definitiva, que tratará de vaciar las palabras de significado y al que nada pondrá más contento que encabronarme llamándome esto o lo otro desde la oscuridad de su perfil falso, insultándome. Como sé que con ello no hace otra cosa que servir al Poder granhermanístico, conmigo va de cráneo, que yo ya me despierto solito e insultado y de muy buen humor, de modo que puede expeler lo que quiera por su bocaza o su teclaza, pues ni las grandes cosas me alteran ni en las pequeñas me gusta perder el tiempo.

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