El imprescindible papel de la prensa

26.02.2017 | 05:00

No hay conflicto entre el periodismo de papel y el periodismo digital sino entre el buen periodismo y el mal periodismo. Es decir, entre los medios que ofrecen información contrastada, veraz e independiente y los que alimentan esa moda abyecta de la posverdad que tanto atrae a los filibusteros de la política. Da igual el medio si el mensaje es mediocre o tendencioso. Y el gran peligro que acecha a quienes desean conservar libre de lodo el seguimiento de la actualidad es que se extienda de forma irremediable a los usos y costumbres de la práctica periodística la frivolización, el amateurismo, la vulgarización que invade con demasiadas frecuencia el espacio digital, con las redes sociales como gigantesco altavoz de intereses coreados por los embusteros de turno. Cuando se habla de los nuevos creadores de opinión e influencia en el nubarrón virtual se está dando carta de autoridad al criterio superficial e instantáneo, indudablemente popular y atractivo, por encima de las voces más profundas y reposadas de quienes miran el mundo sin dejarse cegar por los fuegos artificiales del éxito efímero.

Martin Baron, director del prestigioso The Washington Post, tiene claro que «Los periódicos en papel no van a sobrevivir». Su pesimismo sobre el soporte tradicional sorprende viniendo de alguien que apoyó desde The Boston Globe la investigación sobre los abusos a menores que cometieron miembros de la Archidiócesis de Boston. ¿Habría tenido la misma repercusión aquel trabajo periodístico de haberse publicado hoy en un medio exclusivamente digital? No es probable, como no es probable que aquellos reporteros disfrutaran de la exclusividad que les permitió avanzar poco a poco. Porque el buen periodismo es caro. Y la prensa digital, hoy, por hoy, sigue por detrás del papel en rentabilidad.

Hubo popes de las nuevas tecnologías que pusieron fecha a la muerte del papel en la primera década del siglo. Fallaron. Como fallaron los que dieron por liquidado a los libros de papel a manos del e-book. Y es que, de igual forma que hay una mayoría de lectores de novelas, ensayos o poesía que siguen prefiriendo tener el objeto libro (un diseño perfecto, sentimentalismos al margen) también hay, y seguramente habrá -durante más tiempo del que creen los enterradores prematuros- lectores de prensa diaria (de las revistas nadie duda que sobrevivirán) que prefieran, como apuntó Arcadi Espada, coautor del libro El fin de los periódicos, un resumen del día «ordenado, jerarquizado, meditado. Para mí es absolutamente imprescindible. Yo me precio en distinguir a las personas que leen periódicos de aquellas otras que sólo leen noticias. Las primeras suelen tener la cabeza amueblada».

Sería absurdo negar la evidencia: la prensa escrita pierde lectores y llegan menos ingresos por publicidad. Hay más competencia, y gratuita. Los nuevos tiempos traen competidores. Pero adaptarse no es morir. Dijeron que la televisión acabaría con la radio y el cine. Y no. Que internet y sus males infestados de piratas mataría a la industria discográfica. Tampoco. Está claro que las empresas se han visto obligadas a replantear su presente y su futuro. A no vivir del pasado. Pero en el tornado de la actualidad siempre serán necesarios los intermediarios que pongan coto a los desmanes y aclaren el panorama. Imaginen que en la corte del Rey Trump no existieran ahora mismo los contrapesos de los periódicos contra los que arremete por contar una verdad distinta a la suya. Imaginen la impunidad con la que se movería a sus anchas si nadie vigilara esa «pusverdad» que supura con frenesí tuitero.

Los enemigos de la prensa escrita subrayan ha perdido su poder (o su influencia, que no es lo mismo) porque a pesar de oponerse a Trump éste venció. No hay que ser sociólogo para darse cuenta de que el votante mayoritario del Trump prefiere (des)informarse en la red o beber de fuentes que le cuentan lo que quiere leer, a contrastar las noticias con periódicos que hayan suscrito un contrato tácito de respeto y profesionalidad con sus lectores. ¿Que hay medios de papel escasamente respetables? Pues claro. Sólo hay que ver el tratamiento de la prensa amarillista británica haciendo campaña a favor del Brexit con todo tipo de artimañas y manipulaciones burdas.

Vivimos un cambio de era en muchos aspectos de la sociedad y la prensa no es ajena a ello. La escrita tiene ante sí el inmenso desafío de encontrar respuestas a preguntas que en muchos casos ni siquiera se han formulado aún. El gran reto es convencer a un número suficiente de lectores de que sigue siendo útil invertir una mínima cantidad de dinero en un objeto que le ordena el mundo y le da las claves para entenderlo. Nadie discute que en esa cruzada también es necesario abrir caminos y emplear herramientas y estrategias acordes con los nuevos tiempos. No se puede hacer un periódico del siglo XXI como si fuera del siglo XX. En el caso digital, donde los ingresos son de momento inferiores, la gran cuestión es cómo hacer rentable el buen periodismo frente a la competencia feroz de quienes solo buscan la monetización inmediata y facilona.

El filósofo José Luis Pardo se preguntaba recientemente en un artículo publicado en el diario El Mundo qué futuro les espera a los periódicos digitales: «Porque nadie ha descubierto aún el ´nuevo modelo de negocio´ que auguraban, a pesar de que toda la profesión está volcada en el asunto. Y seguramente hay otra pregunta todavía más interesante, porque no se refiere al futuro y por tanto no necesitamos la bola de cristal para responderla: ¿los periódicos digitales son periódicos en el mismo sentido en el que lo son los de papel, o son otra cosa? Porque si son otra cosa (y yo creo que, al menos parcialmente, lo son), entonces puede que estemos discutiendo sobre formatos (papel, digital) y olvidándonos de la cuestión principal, que sería la desaparición de los periódicos como tales, como institución».

Y ahora es cuando hay que recurrir a los clásicos: «Si tuviera que decidir si debemos tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría en preferir lo segundo». Lo dijo Thomas Jefferson, principal autor de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776. ¿Ha oído hablar de él, míster Trump?

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